Imagen tomada del blog "Ktedra Cartagena: Relatos de ciudad"
Este blog no pretende ser una guía de autoayuda. No soy médica, ni psicóloga, ni experta en toxicodependencia. Sólo una persona alcohólica en (incipiente) proceso de recomposición de los añicos que ha dejado el alcohol tras su colonización de mi cuerpo y de mi mente. Y mi único propósito es dejar constancia de mi propio proceso personal.
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A vueltas con la toxicidad de Alcohólicos Anónimos: También en los grupos laicos
Apenas una hora
después de colgar mi última entrada en el blog tuve mi primer encontronazo
serio en uno de los grupos laicos de Facebook y volví a sentirme como cuando
asistía a las reuniones presenciales de mi ciudad, insultada y “amenazada” en
mi sobriedad.
La cuestión no era ya el “Poder Superior” de mis antiguas reuniones, sino los doce pasos – que en mi anterior entrada describí como “absurdos” y ahora describiría más bien como “tóxicos” –, los cuales much@s miembr@s siguen al pie de la letra como si de las Tablas de la Ley se tratase. Yo era ya consciente de que dentro de AA existen no sólo fanátic@s religios@s, sino también fanátic@s de los doce pasos y de la propia organización, y de que cuestionar cualquiera de ellos constituye una blasfemia punible con el infierno (de la recaída). De hecho, como ya mencioné, mi amigo “ex-alcohólico” de fuera ha roto el contacto conmigo sólo porque yo no llegué a venerar a AA como lo hace él, lo cual indica el nivel de fanatismo que impone: elegir la Secta por encima de una amistad de más de quince años (es decir, a partir de ahora debería referirme a él como mi ex-amigo ex-alcohólico). Cuando hace un par de meses le “confesé” que había dejado de asistir a las reuniones a cuenta de los intentos de lavado de cerebro con el “Poder Superior”, su respuesta fue: “Pero convendrás conmigo en que AA funciona como un Poder Superior, puesto que el todo es mayor que la suma de las partes”, algo que a mí me suena igual de etéreo que, por decir algo, el sexo de los ángeles.
Sin embargo, como también he mencionado, en los grupos laicos conviven personas con acercamientos muy distintos a AA: hay quienes han seguido a pies juntillas los pasos y quienes pasan de ellos; quienes han tenido o tienen padrino o madrina, y quienes nunca l@s han tenido; quienes han leído minuciosamente el Libro Grande (la “Biblia” del alcoholismo escrita por uno de los fundadores a finales de los años 30 del siglo pasado) y quienes no; y divers@s participantes me han recomendado lecturas y conferencias mucho más “racionales” y científicas. Pero hasta ese día no había visto una manifestación de fanatismo tan fuerte... y tan tóxica para mí. Resumiendo muy mucho: Cuando cuestioné la utilidad de los doce pasos, el mencionado participante del grupo me acusó de “ser una de las personas más negativas que he conocido en mi vida”, lo que en el contexto de AA se traduce como: “Y eso te hará recaer”.
Tras acumular mucha rabia a lo largo del día, y contemplar incluso dejar los grupos y las reuniones online, al día siguiente decidí confrontar al susodicho, algo que nunca me atreví a hacer en las reuniones presenciales (sólo semanas después de dejar de asistir, les expresé mi decepción y mi rabia al Padrino y a la compañera del primer día). Escribí un largo post, que colgué en los tres grupos (en los otros dos sin mencionar nombres), donde lo acusaba, con mucha vehemencia, de intentar minar mi proceso de recuperación, y anunciaba que lo iba a bloquear.
Éste es el texto traducido:
“‘DESDE LUEGO que necesitas algo de positividad. He conocido a poca gente que carezca más de ella’”. Ésta fue tu respuesta a mi opinión personal (dije explícitamente que, ‘personalmente, el programa tal cual es me parece completamente inútil’) a propósito de los 12 pasos. ¿¿¿Acaso me conoces más allá de lo que escribo aquí como para concluir que soy una de las personas más negativas que has conocido en la vida??? ¿¿¿Y qué te hace pensar que estoy llena de negatividad??? ¿¿¿Sólo el hecho de que no me sirven para nada los 12 pasos??? ¿¿¿Sólo el hecho de que hablo a menudo del daño que me infligió AA??? Y es el mismo daño que intentaste infligirme tú: insultándome, socavándome, intentando minar mi autoestima... ¿¿¿Con qué fin??? ¿¿¿Que me sintiera una mierda y me emborrachara??? ¿¿¿Para poder decir/pensar/convencerte de que ‘Si hubieras seguido los 12 pasos, no habrías recaído’??? (Del mismo modo que mis antigu@s compañer@s del AA convencional intentaban hacerme recaer para poder atribuirlo a mi ateísmo.) Me encantaban estos grupos laicos de FB, porque en ellos hay consenso respecto a la falta de creencias religiosas y diversidad de opiniones sobre otros aspectos de AA y del proceso de recuperación... Pero veo ahora que aquí también hay fanátic@s. Yo me fui de AA por culpa de gente como tú... Y te voy a bloquear porque no quiero volver a leer tus feos comentarios. Porque si algo no necesito en este punto de mi proceso de recuperación son amenazas y el socavamiento de todo lo que he logrado en los últimos casi cinco meses. Y lo he hecho todo sin un dios y sin tus 12 pasos y sin flagelarme sobre mis horribles defectos morales."
Me alegré de haber soltado todo esto, pero seguí con un miedo difuso todo el día, hasta el punto de considerar no volver a mirar el Facebook en unos días (por temor a recibir nuevos insultos y amenazas) ni asistir a ninguna reunión online el fin de semana. Sin embargo, a la mañana siguiente me lancé. Lo primero que leí fueron dos mensajes privados de apoyo de send@s participantes de las reuniones del fin de semana. Y entonces me atreví a leer lo demás, que, a excepción de dos o tres amenazas no tan veladas de que mi hostilidad hacia AA me haría recaer, estaban en la misma línea cariñosa.
Al día siguiente, uno de l@s participantes habituales de las reuniones online colgó un post cuestionando la utilidad de los doce pasos y planteando que resulta mucho más razonable el acercamiento de la terapia cognitivo-conductual (TCC), que es el que promueve SMART Recovery (hablaré más de él en alguna futura entrada). La reunión de esa tarde se dedicó también al tema y descubrí que prácticamente ningun@ de l@s presentes (cerca de 15 personas) había encontrado ninguna utilidad en los pasos. Fue una reunión muy enriquecedora, que me reconcilió con los grupos laicos.
Antes, ya les había comunicado a los moderadores de las dos páginas web para las que había empezado a traducir material que no seguiría haciéndolo. Que mi motivación original había sido hacer accesible para l@s hispanohablantes material que cuestionase la premisa básica de AA (la creencia en un dios), que fue la que más me perturbó cuando asistía a las reuniones presenciales, para que supieran que se podía seguir sobri@ Y seguir siendo ate@. Pero que había empezado a descubrir las otras manifestaciones de fanatismo (es decir, el no religioso), así como el profundo daño que algunas de las demás falacias de AA me infligieron. Y que sencillamente no quería animar a nadie a acercarse a ninguna versión de AA, laica o no.
Confieso que me sentí un poco mal por desdecirme de mi compromiso, sobre todo porque el trabajo de estas personas me parece encomiable, incluso admirable. Al fin y al cabo, los impulsores (uso el masculino porque los dos que conozco son hombres) son veteranos que en su momento "sobrevivieron" al AA tradicional y, al abrir la puerta al laicismo, han facilitado que mucha gente vaya más allá de todo lo que representa AA (y no sólo lo relacionado con el "Poder Superior") y explorar alternativas más útiles y menos perniciosas. Y aunque algunos de estos veteranos no concuerden prácticamente con ninguno de los dictámenes de AA, entiendo que sería casi imposible montar una organización con similar propósito (el que falsamente proclama el Preámbulo de AA de "compartir las experiencias, la fortaleza y la esperanza") y con similar alcance y presencia a nivel mundial fuera del paraguas de AA, que tiene ya una infraestructura desarrollada a lo largo de más de ochenta años.
También ese día un miembro del grupo me recomendó, por mensaje privado, un grupo cerrado pero no secreto de Facebook llamado "Leaving AA or Any Other Twelve-Step Organisation" ["Salir de AA o de cualquier otra organización basada en los doce pasos"]. Me uní al grupo y, una vez aceptada, conté mi experiencia en AA y que el daño infligido se manifestaba ahora sobre todo en el miedo, en gran medida supersticioso, que me habían inoculado. Recibí numerosos comentarios de apoyo y me llamaron especialmente la atención los que decían que seguramente tendré éxito en mi proyecto de sobriedad, puesto que tuve la valentía y la lucidez para dejar AA en sólo dos meses, cuando hay quien tarda incluso décadas en reconocer su toxicidad y empezar a desprogramarse.
Por todo esto, y pese al gran valor y apoyo que para mí suponen los grupos de Facebook y las reuniones, no quiero recordar nada de lo que me metieron en la cabeza en AA. Cuando leo "pasos" en tono positivo en Facebook, simplemente hago caso omiso. Ahora me volcaré en este blog y, cuando acabe de desmontar todos los componentes lesivos de la secta de AA, empezaré a divulgar las teorías científicas sobre el alcoholismo y la adicción en general que he descubierto tras mi paso por AA. Y, si logro alcanzar un año de sobriedad, me gustaría convertirlo en libro, en parte para dar testimonio de mi proceso de recuperación desde la perspectiva de una persona alcohólica relativamente "funcional" (gran parte de lo que se lee en los libros sobre adicción son casos extremos, de personas que han acabado en la calle, como el antiguo compañero al que me encontré hace un mes, o en prisión), lo que tal vez pueda ser útil para quienes se inicien en el proceso; contribuir a desenmascarar a AA; y transmitir esperanza y empoderamiento sobre la base de "programas" racionales de base científica.
¿Ayuda, placebo u obstáculo?: Balance de mi paso por Alcohólicos Anónimos
En mi última entrada, tras el encuentro con el compañero recaído y mi continuada sensación de “parálisis por análisis”, me preguntaba si quizás mi paso por AA no resultó ser más contraproducente que otra cosa, para concluir que era imposible responder la pregunta. Sin embargo, seguí dándole vueltas unos días, porque empezaba a autoflagelarme por haber tomado la (quizás errónea) decisión de acudir a AA y ello podía suponer un obstáculo añadido a mi recuperación.
Existen por supuesto aspectos positivos. Es muy probable que, de no ser por AA, no hubiera iniciado mi proceso de recuperación. De entrada, fue mi amigo “ex-alcohólico” de fuera quien primero me ayudó a reconocer que me había vuelto alcohólica. Ni mis amig@s no-alcohólic@s de aquí, ni el psicólogo al que había estado yendo durante un año (aunque cada vez más esporádicamente), prestaban atención cuando les decía que estaba “bebiendo en exceso”, supongo que porque nunca me vieron “borracha” y yo no daba el perfil de la persona alcohólica estereotípica. En cambio, este amigo entendió perfectamente a qué me refería cuando por fin se lo confesé y poco a poco me hizo confrontar el hecho de que debía dejar de beber por completo y no sólo eliminar el que yo consideraba “consumo superfluo”, puesto que para entonces esto último ya no era posible.
Y cuando por fin, tras tres meses de autonegación, asumí finalmente que no podía seguir así, fue la perspectiva de ir a AA “la semana que viene” lo que me ayudó. Mi primer día de abstinencia, como ya relaté en este blog, no fue planificado. Sin embargo, al día siguiente me levanté aterrada, pensando que sería incapaz de repetir la proeza y sólo logré hacerlo (o eso me pareció) gracias a la compañera con la que hablé por la mañana y que sabía que me acompañaría a una reunión por la tarde.
Pero ahora encuentro muchos más aspectos negativos. Muy pronto me perturbaron ciertos dictámenes de AA – aparte, por supuesto, de los intentos de lavado de cerebro religioso, de los que he hablado ya ampliamente –: el carácter “incurable” de la “enfermedad”; la idea de que somos “impotentes” ante el alcohol; la amenaza de que dejar de asistir a las reuniones conduce automáticamente a la recaída y el énfasis en los “defectos morales”. Así como también sus carencias: el absoluto silencio en torno al dolor (que posiblemente contribuya más al alcoholismo que cualquier “falla de carácter”) y la ausencia absoluta de herramientas para atajar los impulsos de beber (más allá del rezo bajo una forma u otra, o los que siempre me parecieron unos absurdos doce pasos).
Conforme pasaba el tiempo, más paralizada me veía por el miedo. Era como si hubiese reemplazado la “energía” que antes dedicaba al alcohol (planificar mis días en torno a las sucesivas cervezas, vinos y chupitos; dilucidar modos de reducir el consumo; regodearme en la depresión y la autoconmiseración) con la obsesión por evitar exponerme a cualquier potencial detonante y el temor a que hacer cosas desagradables, estresantes o simplemente “nuevas” me provocara deseos de beber o, peor aún, una recaída. Seguía, además, dedicando demasiada atención al daño que me causaron después del primer mes: las reuniones de las que salía cabreada y/o asustada, la decepción por que en última instancia no fuera el grupo de apoyo que pretendía ser y el miedo, sobre todo el miedo, que me inocularon.
Al mismo tiempo, sin embargo, de no haber sido por esos aspectos nocivos de AA, tal vez no me habría puesto a investigar alternativas y no habría encontrado los grupos laicos de AA, donde no sólo recibo apoyo por parte de personas afines (y diversas en su acercamiento a AA), sino también motivos de reflexión, ni las lecturas o conferencias que algun@s de l@s participantes me han recomendado y que abordan el alcoholismo desde perspectivas muy distintas y mucho más esperanzadoras (la terapia cognitiva-conductual que ofrece SMART Recovery o la teoría de que la adicción no es una enfermedad incurable, sino un trastorno controlable).
Claro que también es posible que, de no contar inicialmente con la opción de AA, yo sola habría encontrado estos recursos. Pero sencillamente, no los conocía... Sencillamente, mi único referente contra el alcoholismo, tal como lo vemos en innumerables películas y tal como planteaba mi amigo “ex-alcohólico”, era AA. Porque, en efecto, al menos en mi ciudad, es el único referente disponible, como pude constatar al probar la única, e hiperburocratizada, otra opción rehabilitadora, cuyo elemento “siniestro” me llevó a mi peor Crisis “desde”.
Analizado con más frialdad, concluyo ahora que lo que verdaderamente me ayudó al principio fue mi propia decisión de dejar de beber y el hecho de que creía que AA me ayudaría en esa empresa. Algo así como un efecto placebo. (Lo mismo, por cierto, me ha sucedido cada vez que he decidido hacer psicoterapia: en ningún caso ha sido el o la psicoterapeuta quien me ha ayudado [el balance en estos casos ha sido básicamente cero], sino la decisión de hacer algo para salir de los sucesivos hoyos en los que me he encontrado a lo largo de mi vida.) Sobre todo por el hecho de conocer a otra gente que ha conseguido mantenerse sobria (“Si ell@s lo han conseguido, yo también podré”). Porque, aunque según diversas investigaciones el índice de éxito de AA no supera – y eso siendo optimistas – el 5%, es donde único se puede conocer a un colectivo exitoso.
Existen por supuesto aspectos positivos. Es muy probable que, de no ser por AA, no hubiera iniciado mi proceso de recuperación. De entrada, fue mi amigo “ex-alcohólico” de fuera quien primero me ayudó a reconocer que me había vuelto alcohólica. Ni mis amig@s no-alcohólic@s de aquí, ni el psicólogo al que había estado yendo durante un año (aunque cada vez más esporádicamente), prestaban atención cuando les decía que estaba “bebiendo en exceso”, supongo que porque nunca me vieron “borracha” y yo no daba el perfil de la persona alcohólica estereotípica. En cambio, este amigo entendió perfectamente a qué me refería cuando por fin se lo confesé y poco a poco me hizo confrontar el hecho de que debía dejar de beber por completo y no sólo eliminar el que yo consideraba “consumo superfluo”, puesto que para entonces esto último ya no era posible.
Y cuando por fin, tras tres meses de autonegación, asumí finalmente que no podía seguir así, fue la perspectiva de ir a AA “la semana que viene” lo que me ayudó. Mi primer día de abstinencia, como ya relaté en este blog, no fue planificado. Sin embargo, al día siguiente me levanté aterrada, pensando que sería incapaz de repetir la proeza y sólo logré hacerlo (o eso me pareció) gracias a la compañera con la que hablé por la mañana y que sabía que me acompañaría a una reunión por la tarde.
Pero ahora encuentro muchos más aspectos negativos. Muy pronto me perturbaron ciertos dictámenes de AA – aparte, por supuesto, de los intentos de lavado de cerebro religioso, de los que he hablado ya ampliamente –: el carácter “incurable” de la “enfermedad”; la idea de que somos “impotentes” ante el alcohol; la amenaza de que dejar de asistir a las reuniones conduce automáticamente a la recaída y el énfasis en los “defectos morales”. Así como también sus carencias: el absoluto silencio en torno al dolor (que posiblemente contribuya más al alcoholismo que cualquier “falla de carácter”) y la ausencia absoluta de herramientas para atajar los impulsos de beber (más allá del rezo bajo una forma u otra, o los que siempre me parecieron unos absurdos doce pasos).
Conforme pasaba el tiempo, más paralizada me veía por el miedo. Era como si hubiese reemplazado la “energía” que antes dedicaba al alcohol (planificar mis días en torno a las sucesivas cervezas, vinos y chupitos; dilucidar modos de reducir el consumo; regodearme en la depresión y la autoconmiseración) con la obsesión por evitar exponerme a cualquier potencial detonante y el temor a que hacer cosas desagradables, estresantes o simplemente “nuevas” me provocara deseos de beber o, peor aún, una recaída. Seguía, además, dedicando demasiada atención al daño que me causaron después del primer mes: las reuniones de las que salía cabreada y/o asustada, la decepción por que en última instancia no fuera el grupo de apoyo que pretendía ser y el miedo, sobre todo el miedo, que me inocularon.
Al mismo tiempo, sin embargo, de no haber sido por esos aspectos nocivos de AA, tal vez no me habría puesto a investigar alternativas y no habría encontrado los grupos laicos de AA, donde no sólo recibo apoyo por parte de personas afines (y diversas en su acercamiento a AA), sino también motivos de reflexión, ni las lecturas o conferencias que algun@s de l@s participantes me han recomendado y que abordan el alcoholismo desde perspectivas muy distintas y mucho más esperanzadoras (la terapia cognitiva-conductual que ofrece SMART Recovery o la teoría de que la adicción no es una enfermedad incurable, sino un trastorno controlable).
Claro que también es posible que, de no contar inicialmente con la opción de AA, yo sola habría encontrado estos recursos. Pero sencillamente, no los conocía... Sencillamente, mi único referente contra el alcoholismo, tal como lo vemos en innumerables películas y tal como planteaba mi amigo “ex-alcohólico”, era AA. Porque, en efecto, al menos en mi ciudad, es el único referente disponible, como pude constatar al probar la única, e hiperburocratizada, otra opción rehabilitadora, cuyo elemento “siniestro” me llevó a mi peor Crisis “desde”.
Analizado con más frialdad, concluyo ahora que lo que verdaderamente me ayudó al principio fue mi propia decisión de dejar de beber y el hecho de que creía que AA me ayudaría en esa empresa. Algo así como un efecto placebo. (Lo mismo, por cierto, me ha sucedido cada vez que he decidido hacer psicoterapia: en ningún caso ha sido el o la psicoterapeuta quien me ha ayudado [el balance en estos casos ha sido básicamente cero], sino la decisión de hacer algo para salir de los sucesivos hoyos en los que me he encontrado a lo largo de mi vida.) Sobre todo por el hecho de conocer a otra gente que ha conseguido mantenerse sobria (“Si ell@s lo han conseguido, yo también podré”). Porque, aunque según diversas investigaciones el índice de éxito de AA no supera – y eso siendo optimistas – el 5%, es donde único se puede conocer a un colectivo exitoso.
Resumiendo: ayuda-placebo
al principio, pero un enorme obstáculo para continuar con el proceso.
O
resumiendo de otro modo... ¿Le recomendaría AA a una persona en la situación en
la que yo estaba hace cuatro meses y medio? Sí, pero con muchas reservas... Es
decir, sí durante – digamos – el primer
mes, por lo que supone de red de seguridad, pero dejándole claro todo aquello a
lo que deberá hacer oídos sordos: la idea distorsionada de lo que es el
alcoholismo, el miedo casi “ingobernable” (dándole la vuelta al primer paso)
que inocula, las incitaciones a la autoflagelación perpetua y las amenazas
fanático-religiosas.
Un encuentro perturbador y... la alargada sombra tóxica de Alcohólicos Anónimos
Tras mi cita médica el lunes de la última semana que describí en mi anterior
entrada, fui a un pequeño supermercado. (Originalmente
pensaba ir a otro, pero, como ése me pillaba más cerca, opté por él.) Sentado en
un murete cerca de la puerta, había lo que vulgarmente llamaríamos un
“borracho” y, al acercarme, me di cuenta de que era un compañero de AA.
Me causó un impacto brutal y casi se me saltaron las
lágrimas. Pese a que sabía que sus condiciones vitales eran muy duras (vivía en
una furgoneta y antes había estado en un “centro de acogida” [no sé exactamente
de qué tipo]), siempre lo había visto aseado, afeitado, bien vestido... y el
contraste con su aspecto actual fue demoledor. Él me reconoció y, tras
preguntarle qué le había pasado (“He vuelto a beber”, me contestó al borde del
llanto), me senté a su lado y me pasé más de media hora hablando con él,
mientras la gente que pasaba por allí nos miraba con una mezcla de asco y
sorpresa, preguntándose, supongo, qué hacía una “mujer normal” hablando con un
“borracho”. Intenté animarlo a volver a AA, le anoté mi teléfono en un trozo de
papel, le insistí en que me llamara “cuando estés sobrio, y arregladito y bien
vestido como yo te conocí” (no tanto para avergonzarlo como para ver si
conseguía hacerlo reaccionar recordándole un “yo mejor” anterior) y me ofrecí
incluso a acompañarlo a una reunión... Al mismo tiempo, sin embargo, me sentía
abrumada e impotente, porque mi proceso de recuperación es todavía muy reciente
y mi experiencia con este tipo de situaciones nula.
Al principio él conservaba cierta lucidez. Le expliqué por
qué había dejado de asistir a las reuniones (por el “rollo religioso”) y me
preguntó, casi en un susurro, si era atea. Le dije que sí (yo pensaba que todo
el mundo allí lo sabía) y me confesó que él también lo era. Recordaba mi trabajo y
se sorprendía aún de que yo pudiera trabajar en mi época alcohólica. Mencionó
también a varios escritores y científicos. (Recuerdo que una vez me comentó que se pasaba los días en una biblioteca, leyendo, navegando por Internet y viendo
películas.) Es decir, una conversación casi “normal”. Pero luego se alteró y
empezó a repetir que yo le atraía (algo que nunca percibí cuando estaba
sobrio). Me sentía cada vez más incómoda e incluso asqueada por el mal olor.
Cuando estaba a punto de entrar al supermercado, me dijo que
iba a comprar otro tetrabrik de vino (tenía ya dos o tres vacíos en una bolsa
plástica). Intenté disuadirlo con el argumento de que podría verme tentada si
lo veía (aunque lo menos que me apetecía en esos momentos era beber), pero
entró detrás de mí. Mientras yo hacía la compra, le mencionaba repetidamente mi
nombre a uno de los empleados, que me conoce, y éste se acercó para
comentármelo. Le dije, como después también al otro empleado, que yo lo conocía
de “cuando no estaba así”, que era un buen tipo y que había tenido una recaída.
Me miraron con tristeza.
Cuando salí, ya se había bebido casi todo el tetrabrik y seguía
hablando de su atracción por mí. Me despedí insistiéndole de nuevo en que me
llamase, pero se acercó hasta mi coche y siguió hablando conmigo a través de la
ventanilla, en medio de la calzada, hasta que finalmente logré “escapar”.
Llegué a casa en estado de shock, sintiendo un profundo asco
(llegué a pensar que se me había contagiado el hedor y olisqueé minuciosamente
mi ropa y mi cuerpo), una profunda pena y una profunda culpa por no haber
sabido cómo ayudarlo. Pensé en contarlo en uno de los grupos de Facebook, pero
no sabía cómo transmitir la experiencia sin ofender a nadie que pudiera haber estado
en esa situación y sin que mi relato pudiera interpretarse como “jactancia” por
haber intentado ayudar. (Si algo me repateaba en AA eran las personas que se jactaban
de que dedicaban su vida al “servicio a los demás”.) Sólo le puse un audio de
Whatsapp a mi amigo “ex-alcohólico” de fuera, con quien no había tenido más
contacto desde que le hablé de los grupos laicos, contándole lo sucedido.
Pero seguía (y seguí todavía durante una semana) sin poder
quitarme esa imagen de la cabeza y contrastándola con la de antes... Su
aspecto, pero sobre todo su mirada, en la que se leía un enorme sufrimiento e
incluso un puntito de “locura”, como antes yo sólo había visto esporádicamente
en mi madre en su última época (padecía una forma de demencia). A la mañana
siguiente, le puse un largo audio de Whatsapp a una amiga del extranjero que
trabaja como profesional de salud pública con jóvenes sin techo y/o adict@s, contándole
todo lo que he expuesto aquí y pidiéndole su opinión y consejo sobre qué hacer si
en algún momento me llamaba. Poco después, decidí llamar
también a la compañera de aquí que me había acompañado el primer día, en parte
por si en AA hacían algún tipo de intervención de rescate en casos graves como
éste y en parte porque necesitaba hablar con alguien que lo conociese. Mi
último intercambio de mensajes con ella, durante la semana de la “borrachera seca”, había sido
para reprocharle el fanatismo de AA. Yo seguía molesta porque nunca me ayudó a
contactar con otr@s ate@s, pero no era de las más fanáticas y siempre fue
amable conmigo.
Su primera reacción cuando le dije que había visto a un
compañero recaído fue: “Eso es lo que pasa cuando la gente deja de asistir a
las reuniones, porque ésta es una enfermedad incurable”. Obviamente el
comentario iba dirigido a mí, puesto que ni ella ni yo sabemos si este
compañero dejó de ir a las reuniones y luego recayó, o si recayó – quién sabe
si el día después de una reunión – y por eso no volvió. Me vi en la necesidad
de explicarle que yo seguía sobria, que asistía a reuniones laicas online y participaba en los grupos laicos
de Facebook. Cuando le dije quién era el compañero (quise hacerlo porque sé que
ella correrá la voz y tal vez así haya una remota posibilidad de que alguien
con más experiencia intente ayudarlo), cambió de actitud. Reconoció que lo
tiene muy difícil, porque no tiene ni casa, ni empleo, ni dinero, ni familia. Tal
como sospechaba, me dijo que en AA no “rescatan” a nadie, sino que era él quien
tenía que acercarse en un momento de lucidez (inclusive si iba bebido). Añadió que,
si me llamaba y yo no me veía con fuerzas para verlo o acompañarlo, podía darle
su teléfono, y que globalmente yo había actuado “bien” al no volverle la
espalda, al animarlo a volver a AA y al ofrecerle mi teléfono.
Por la tarde me escribió mi amiga del extranjero diciendo
más o menos lo mismo, con lo cual se me quitó un poco el sentimiento de culpa,
sobre todo porque su opinión es clínica y no de una persona lega en la materia,
como la de la compañera de aquí. Me dijo también que, cuando alguna persona
joven acude a su clínica bajo los efectos del alcohol o las drogas, se le pide
que regrese cuando esté sobria y sólo intervienen cuando perciben un riesgo
inminente para su integridad física.
Al día siguiente, sin embargo, me volvió a embargar la
responsabilidad. Por otra casualidad (aparte de la de haber ido ese día a *ese*
supermercado), un conocido que está al tanto de mi proceso me preguntó por AA.
Le contesté que no había vuelto más y luego se me ocurrió (¡pésima idea!) contarle
lo del compañero recaído. Pues bien, resulta que él vive por esa zona y sabía a
quién me refería. Tenía la furgoneta aparcada delante de su casa, aunque no dormía
allí sino posiblemente en un parque adyacente, y una mañana abordó a su hija muy
alterado y ella se asustó. Me dijo que pensaba llamar a la policía para que
retirase la furgoneta y que, si podía, lo avisase.
De camino a mi casa me sentí abrumada por la responsabilidad
de hacer “algo”. Pero me di cuenta de que no quería/podía hacerlo y me autodí
varias justificaciones: 1) Ir a verlo expresamente al supermercado (suponiendo
que aún estuviera allí) podía provocarme un impacto más nocivo para mi
sobriedad que el del primer encuentro casual; 2) De nada serviría avisarle de
que iban a retirarle la furgoneta, puesto que no estaría en condiciones de
conducirla; 3) Saberlo podía provocar que se pusiera violento, si no conmigo,
sí con l@s vecin@s de la zona; y 4) Quizás la pérdida (temporal) de la
furgoneta fuera la sacudida que necesitaba para salir del hoyo. Le puse otro
audio a mi amiga del extranjero pidiéndole nuevamente su opinión. Me contestó
enseguida asegurándome que mis razones eran todas muy sensatas, y no meras
“autoexcusas”, y que yo ya había hecho por él todo lo que había podido.
Esa tarde me contestó por fin mi amigo de fuera, muy
escuetamente. Dijo tan sólo que básicamente “obré bien” y que estas situaciones
son muy duras para nosotr@s l@s alcohólic@s porque son como un “espejo”
inquietante, aunque no reflejen exactamente nuestra situación del pasado. De su
brevedad deduje que sigue molesto conmigo por el sólo hecho de haber abandonado
su venerado AA, puesto que con él nunca me enfadé, sino que siempre antepuse – expresamente
– mi agradecimiento por su ayuda a mis quejas contra AA.
De toda esa experiencia me quedaron dos cosas: una mezcla de horror
y miedo, y una renovada rabia contra AA.
Horror por la situación del compañero y por ver como nunca
antes, y de tan cerca, los trágicos efectos del alcohol. Mi padre, como he
mencionado, era alcohólico, pero, hasta donde recuerdo, siempre volvía a casa a
comer y a cenar (y ni siquiera llegaba muy tarde, porque tenía muy poca
tolerancia y enseguida se emborrachaba), y nunca dejó de asearse ni de cumplir
con sus obligaciones. También he visto a menudo “borrachos” en la calle, pero
confieso, con cierta vergüenza, que nunca les presté demasiada atención; al fin
y al cabo, no tenían nada que ver conmigo... ni siquiera con mi alcoholismo
cuando por fin asumí que yo lo padecía. En este caso, sin embargo, se trataba
de alguien hasta cierto punto cercano a quien conocí en circunstancias muy
distintas.
Y miedo porque, si bien no me veo a mí misma potencialmente
en esa situación – yo nunca llegué a esos niveles de consumo, nunca dejé de
asearme, nunca dejé de trabajar, etc. –, esa imagen me retrotrajo a mi época de
alcohólica activa y fue un potente recordatorio de lo fácil que es recaer y
perder todos los logros alcanzados durante el proceso de recuperación.
Y también rabia contra AA. Primero por las reacciones de la
compañera y de mi amigo de fuera, que sutilmente me estaban reprochando mi
abandono de AA y amenazándome con el “infierno” de la recaída. Pero sobre todo
porque, al pensar en este hombre, me pregunté cómo puede ayudar una
organización como AA a alguien que no tiene más incentivo para mantenerse
sobrio que sentirse físicamente mejor y quizás con renovada autoestima ante su
nuevo aspecto, cuando lo único que propone es entregarse a un “Poder Superior” (en
el que esta persona en concreto no cree) y seguir una serie de pasos simplistas
y autoflagelatorios, y lo único que ofrece es apoyo y calidez, pero condicionados a que se sigan al pie de la
letra sus indicaciones. Y repite hasta la saciedad que un@ es impotente
ante el alcohol, con lo cual vuelve las recaídas prácticamente inevitables
(“profecías autocumplidas”).
Las otras personas de AA de cuyas vidas llegué a saber algo
tenían todas familia, un empleo o una jubilación, vínculos de amistad, etc., de
ahí que tuvieran una mayor motivación intrínseca (no perder a sus parejas, a
sus hij@s o niet@s, su trabajo, etc.), independientemente de la verdadera efectividad
del programa de AA. Yo misma, aunque no tengo familia ni pareja, tengo empleo
(ahora mismo entre paréntesis por cuestiones de salud física y psicológica),
amig@s (aunque poc@s) aquí y fuera, proyectos intelectuales y la capacidad de
disfrutar de algunos pequeños placeres que recuperé al dejar de beber. Y, aun
así, AA no me sirvió para nada. He dicho en otro lugar que el primer mes me
mantuve sobria gracias a AA, pero a
partir del siguiente lo hice pese a AA.
Y ahora llego incluso a preguntarme si quizás no fue más bien contraproducente acudir de entrada allí;
si, de no haberlo hecho, estaría ahora agarrotada por esta horrible parálisis, de la que
hablé en mi anterior entrada, por el miedo cerval a recaer en cualquier momento.
Algo que por supuesto nunca tendrá respuesta...
Entre la parálisis y la turbulencia: Crónica de tres semanas
En mi última entrada sobre el proceso de recuperación,
“Crónica de una Crisis”, aludí a mi “borrachera seca” y cómo el hecho de
haberla diagnosticado me sirvió para salir de cuatro días de honda crisis.
Desde entonces han pasado tres semanas y, aunque no he
tenido más Crisis propiamente dichas (entendiendo como tales las ansias incontrolables
de beber), sigo sin estar “bien” o, al menos, todo lo bien que estuve durante
los dos primeros meses. Siento que mis progresos se han estancado o incluso que
se ha producido una regresión, en parte debido a una excesiva conciencia de los
peligros que aún me acechan. Algo similar a lo que en otros contextos se
describe como “parálisis por análisis”.
Con cada una de las tres Crisis (los que yo llamo “casis”)
he aprendido muchísimo sobre mis detonantes, en su mayoría relacionados con estreses
y fobias, pero también, en la última, con el surgimiento de emociones difíciles
de gestionar. Ese aprendizaje me ha servido para intentar evitar, en la medida
de lo posible, dichos detonantes, pero también me ha generado un temor
desmesurado a cualquier actividad o sentimiento que pueda convertirse en tal.
Como consecuencia, llevo prácticamente tres semanas atrapada por el miedo,
aprisionada en mi cabeza, de manera no muy distinta a mi época de alcohólica
activa, aunque sin alcohol y sin la profunda depresión (la “borrachera seca”)
de mi última Crisis.
La primera de estas tres semanas fue por fin la Semana S,
aquélla en la que, si nada se torcía a última hora, se resolvería finalmente lo
que he descrito aquí como el “Papeleo” importante. El día D sería el jueves
y mi único propósito vital desde el lunes fue mantenerme tranquila hasta
entonces. Evitar cualquier estrés interno de tal modo que, si surgía un
contratiempo u otro tipo de estrés externo, no me disparatara, puesto que ya
había comprobado que mis crisis se debían siempre a la acumulación de detonantes y no a uno sólo. La evitación del estrés
interno implicaba no salir salvo para lo estrictamente necesario, no aceptar
trabajo (rechacé varios proyectos que me habrían generado ansiedad) y no hacer
nada por las tardes (por las mañanas sí lograba escribir y continuar
traduciendo el material de los grupos laicos de AA). Fueron cuatro largas
tardes atornillada al sofá viendo series como en una época que creía ya
pretérita (aunque ya había pasado por algo similar durante la última Crisis).
Y llegó la tarde del Día D... Y el “Papeleo” se resolvió
finalmente... Y sentí una inenarrable euforia después de seis meses de
angustiosa espera. Empecé a comunicar dicha euforia a vari@s amig@s cercan@s
que estaban al tanto y, de repente, me entró un miedo cerval a que la
felicidad, como en otras situaciones la tristeza o el agobio, me generara
deseos de beber, puesto que desde tiempo inmemorial, mucho antes de mi etapa de
alcohólica activa, siempre había gestionado la euforia (que para mí, quizás
porque en mis 54 años de vida ha habido relativamente pocas experiencias felices,
constituye un sentimiento incómodo e inquietante) con alcohol. Me obligué
entonces a bajarme de la nube y terminar el día como si de un jueves normal y
corriente se tratase.
Al día siguiente me levanté con redoblado temor. Tenía
planificada desde hacía una semana una cena con amig@s y temí que mi ánimo
celebratorio pudiera representar un obstáculo insalvable. Comenté mi “temor a sentirme contenta” en uno de
los grupos de Facebook y varias personas me confirmaron que para nosotr@s, l@s
alcohólic@s, los momentos “altos” pueden ser igual de peligrosos que los
“bajos”, sobre todo al principio, cuando estamos en una especie de inestabilidad
emocional perpetua.
Decidí, sin embargo, arriesgarme a vivir el contento. Le
propuse a otra amiga quedar para almorzar en un lugar agradable, fuera de la
ciudad, y me puse manos a la obra con un proyecto ilusionante que tenía previsto desde
antes de dejar de beber para cuando por fin se resolviera el tema “Papeleo”:
hice varias llamadas y concerté varias citas para el lunes. Y resultó un día
tremendamente exitoso. El primer día “desde” (desde que dejé de beber) que pasé
doce horas seguidas en la calle y empaté almuerzo y cena con, en medio, tres
horas vacías en la calle que supe llenar satisfactoriamente.
El fin de semana, sin embargo, fue duro, porque tuve dos
“jamacucos” psicosomáticos, supongo que en parte como “autocastigo” por mi “felicidad”,
en parte para contrarrestar el miedo a un posible “casi” y en parte por temor a
que las citas que había concertado para el lunes, con vistas a mi nuevo
Proyecto, fueran precipitadas y/o, dependiendo del resultado, representaran
otro tipo de detonante.
Aun así, acudí a dichas citas el lunes y ese mismo día
decidí lanzarme de cabeza al Proyecto. Sé que se recomienda no hacer grandes
cambios vitales durante el primer año de sobriedad (como iniciar nuevas
relaciones “sentimentales”, cambiar de trabajo o mudarse), pero este proyecto
era muy importante para mi presente y mi futuro, y, pese
al miedo a los inevitables estreses que conllevaría, no podía postergarlo ocho meses más. Pasé tres
días en estado de semi-euforia, ocupadísima por las mañanas, con el proyecto y
cerrando los últimos flecos del “Papeleo” ya resuelto, y vegetando, de modo
similar a la semana anterior, por las tardes. Con una mezcla de satisfacción
por lo que había conseguido (tanto lo que no dependía de mí como lo que yo
misma había decidido) y de frustración por seguir incapacitada (mejor dicho,
estar incapacitándome yo misma) para las actividades, tanto caseras como exteriores,
que al principio de mi proceso de recuperación tan gratificantes resultaban o
las que había descubierto más recientemente.
Y, paralelamente a todo esto, surgieron nuevas emociones que
confrontar. En realidad, ya había empezado a confrontarlas unas semanas atrás,
cuando decidí renunciar al viaje que tenía planeado para junio, entre otros
motivos por temor a las consecuencias del reencuentro con mi “amigo íntimo”. En
algún momento posterior se me ocurrió la idea de postergarlo, no un año
entero, como era mi intención original, sino sólo hasta septiembre, pensando
que tendría casi cuatro meses para tomar la decisión y que en ese período podía
mejorar mi estado anímico y mi confianza en mi proceso de
recuperación. Al fin y al cabo, en los casi cuatro meses que llevaba había
pasado por numerosas fases distintas y no podía prever los cambios que se
producirían en los cuatro siguientes.
Y a finales de esa segunda semana reflexioné a fondo sobre
la conveniencia de dicho viaje y las posibles consecuencias del “reencuentro”.
Nuevamente llegué a la conclusión de que lo mejor era “no meneallo” y entendí
otros motivos subyacentes – e inconscientes – para ello. Que en realidad no se
trataba tan sólo de que, puesto que en mi situación actual el único motivo para
emprender el viaje era dicho reencuentro (cuando lo planeé originalmente había
otros incentivos), un posible fracaso me hundiría anímicamente y podía llevarme
fácilmente a perder mi sobriedad (y no sólo a una recaída puntual), sino, sobre
todo, a que me arriesgaba a perder las
emociones positivas que sentía por mi “amigo” desde nuestra reconciliación
unos meses antes. Se trataba de un nuevo hito. De confrontar por primera vez
“desde”, no sólo emociones negativas, como durante la “borrachera seca” que
describí en una entrada anterior, sino emociones
encontradas, y todo ello sin desactivarlas ni ocultarlas bajo capas y capas
de alcohol, y sin intentar resolverlas mediante acciones impulsivas.
(Alguien me ha recomendado un libro de Annie Grace titulado The Naked Mind [La mente desnuda] y así es exactamente cómo me siento.)
Pero las turbulencias no habían cesado, porque enseguida
(para entonces ya el fin de semana) se sumó el factor Estrés. Por primera vez
en tres semanas había aceptado un encargo de trabajo que no me apetecía en
absoluto acometer; se me acumulaban varias tareas domésticas, en realidad
sencillas, pero que sumadas me quitarían mucho tiempo y energía; se me
avecinaba una semana llena de pequeñas obligaciones (citas médicas, más papeleo
para el nuevo Proyecto); y se me acumulaban también las tareas
“intelectuales” a las que yo misma me había obligado. El sábado me levanté con una
fuerte opresión en el pecho y con el temor de que, si no lograba de alguna
manera aliviar el estrés, en algún momento acabaría
con fuertes ansias de beber.
Logré hacer todo lo que me había propuesto
para la mañana con relativa tranquilidad, pero después de comer me invadió la
ansiedad y una taquicardia feroz, que atribuyo al hecho de que antaño, cuando
completaba mañanas (o días) como ésa, llenas de tareas engorrosas, lograba
rebajar la ansiedad subyacente con el alcohol, mientras que ahora sencillamente
se queda flotando por mi cuerpo. Y fue entonces cuando me planteé darme de baja
como autónoma durante al menos un mes: de ese modo, no me llegarían
encargos-que-rechazar durante ese tiempo, por lo que no tendría que estar
buscando excusas cada vez que lo hiciera, ni tampoco me vería tentada a aceptar
ninguno, porque no estaría habilitada para emitir facturas. Y podría dedicar
ese tiempo a mi proceso de recuperación a tiempo completo y enfrascarme en las
actividades gratificantes que éste me ha proporcionado.
Dos días después, ya en la tercera y última semana de esta
crónica, tomé la decisión de hacerlo, motivada – o justificada – por que, al
acudir al médico para unas recetas, descubrí que tenía la tensión arterial muy
alta, algo que hasta entonces nunca me había pasado y que no sabía si atribuir
a la ansiedad perpetua que llevaba varios días arrastrando o al hecho de que mis nuevos hábitos de alimentación, pese a ser en apariencia más sanos, estaban saturados de sal.
El resto de la semana, durante la cual cumplí el cuarto mes de sobriedad, osciló
nuevamente entre la parálisis por el temor a desear beber en algún momento, la
ansiedad por la acumulación de diversos contratiempos, urgencias y decisiones,
y continuados problemas psicosomáticos, que parecen estar en vías de cronificación,
aparte de una experiencia impactante y perturbadora que relataré en una próxima
entrada.
Desmontando la secta de Alcohólicos Anónimos (I): De armarios y conversiones
Uno de los libros que figuran en la página de AA Agnostica (www.aaagnostica.org) es Don’t Tell: Stories by Agnostics and
Atheists in AA (2014), de Roger C., cuyo título establece una analogía con
el nombre de la infame política del ejército de EEUU ante l@s homosexuales
instaurada por Bill Clinton, “Don’t Ask, Don’t Tell”, por la cual no se podía
perseguir abiertamente a l@s homosexuales mientras ést@s no se declarasen
abiertamente como tales. El siguiente libro del mismo autor, publicado un año
después, es más asertivo: Do Tell:
Stories by Agnostics and Atheists in AA. La analogía con la homosexualidad
no es gratuita ni descabellada: posteriormente, gracias a mis interacciones con
los grupos de AA laicos y ateos, descubrí que much@s alcohólic@s ate@s y
agnóstic@s están literalmente “en el armario” dentro de AA y a veces tardan
años en “salir” del mismo.
Mi gran “error” fue, pues, haberme declarado atea desde el
principio. Fue como colocarme un cartel en la espalda diciendo “Convertidme,
herman@s”. Como dijo uno de los cofundadores de AA, Bill W., es preciso “minar la rebeldía” de l@s escéptic@s poco a poco (aunque en mi caso el "poco a poco" se condensó en apenas un mes). Por supuesto, no me arrepiento de dicho “error” y volvería a comportarme del
mismo modo. Porque no puedo ni imaginar cómo sería pasarme años oyendo la
cantinela de que para recuperarse del alcoholismo es imprescindible creer en
algún dios sin oponer ninguna resistencia ni argumentación racional.
Y es que, además, AA no refleja en absoluto a la población
general. Según cifras de 2017, en España el 69,8% de la población se declara
católica (sin embargo, sólo el 26,4% practicante) y el 25,2% atea o no
creyente. Mientras que en AA se insiste en que todo el mundo es creyente, lo cual indica, por simple
extrapolación, que el 20% de sus miembr@s están “en el armario” (en mi grupo
éramos 2 ate@s de entre las aproximadamente 50 personas que llegué a conocer,
es decir un 4%).
Con todo, y pese a que en España no existen (todavía) grupos
laicos, debo señalar que aquí AA es bastante menos retrógrada que en EEUU.
Según el artículo “AA, Religion and Secular AA”, de Vic L. (www.secularaa.org/aa-la-religion-y-secular-aa/),
una reunión típica transcurre del siguiente modo: “Una abrumadora mayoría de las reuniones se celebran en sótanos de iglesias ('El alma te la salvan arriba. Aquí abajo te salvamos la vida'.) Los 12 Pasos recomendados y las 12 Tradiciones, junto con otros eslóganes de AA, cuelgan de las paredes. Las reuniones suelen iniciarse con el Preámbulo de AA y la lectura de fragmentos tomados de la literatura aprobada por el Congreso de AA, por lo general de contenido altamente religioso. La lectura más habitual es ‘Cómo funciona’, que incluye los 12 Pasos y termina así: ‘…Sin ayuda, es demasiado para nosotros. Pero hay Alguien que tiene todo el poder: ese Alguien es Dios. ¡Ojalá Lo encuentres ahora!’ Posteriormente, una persona designada (otr@ miembr@ de AA) comparte su ‘experiencia, fortaleza y esperanza’ durante unos 15 ó 20 minutos; el moderador o moderadora hace una pausa (para pasar el cepillo y hacer anuncios); otr@s asistentes ‘comparten’ desde la tarima (y en sus intervenciones hablan a menudo de la fe y de su gratitud hacia un Poder Superior); y la reunión se clausura con nuevas lecturas también cargadas de religiosidad. Finalmente, tod@s se ponen en pie, se dan la mano y rezan ‘el Padrenuestro’ (o, con menos frecuencia, ‘la Oración de la Serenidad’)”.
(Entre paréntesis, este aspecto pernicioso de AA nunca se muestra en la ficción, donde predomina una visión aséptica, cuando no edulcorada, de la organización. Estoy convencida de que en mi decisión de dejar de beber y acudir a AA influyó inconscientemente el hecho de que en aquel momento estaba viendo, toda de golpe, la serie Elementary, en la que un Sherlock Holmes contemporáneo acaba de desintoxicarse de la heroína. En diversos episodios se muestran las reuniones de Narcóticos Anónimos a las que asiste, pero en ellas nunca se habla de Dios o de un “Poder Superior” [está claro que Sherlock, que es la Lógica y la Razón personificadas, nunca habría creído en tales cosas], ni siquiera de “trabajar los 12 pasos”. Por otra parte, cuando se busca un “padrino”, su relación con él es de complicidad y un apoyo mutuo que trasciende el tema de su común adicción. Nada que ver, por tanto, con mi fugaz relación con El Padrino.)
Si yo me hubiera topado con algo similar a la reunión que
describe Vic L. el primer día, sencillamente no habría vuelto, con lo cual
probablemente no seguiría sobria tres meses y medio después. Por suerte, aquí
(al menos en el grupo al que yo asistía) no se leía el “Cómo funciona” a diario
(tras el Preámbulo se leía la lectura correspondiente a ese día y, aunque todas
estaban plagadas de la palabra “Dios”, por lo menos variaba su contenido y de
vez en cuando conseguía extraer alguna idea útil de entre la maraña religiosa);
ningún/a miembr@ “designad@” dedicaba un tercio de la reunión a hablar de su
experiencia; no se pasaba un “cepillo” (las aportaciones se metían, cuando cada
cual consideraba oportuno, en un jarrón forrado en tela, por lo que no eran
“públicas”); las sillas estaban colocadas en círculo y las intervenciones se realizaban sentad@s en ella, lo cual facilitaba que
tod@s, incluso las personas más tímidas, participasen; no había lecturas de
clausura; y, sobre todo, no se rezaba el Padrenuestro, sino la Frase de la Serenidad.
Cierto que, como ya he relatado en otras entradas, muchas de
las intervenciones estaban plagadas de “Dios” y el “Poder Superior”, y de
alusiones a la (presunta) conversión o “despertar espiritual” en determinado
momento de su proceso de recuperación. Posteriormente he descubierto que esto,
que me resultaba tan difícil de digerir, tiene una “explicación” histórica. En
los inicios de AA predominaban los Grupos Oxford, una organización
fundamentalista que se desarrolló entre los años 20 y 50 del siglo pasado, y
muchos grupos de AA exigían que l@s
miembr@s experimentaran y escenificaran su “conversión”, arrodillándose e
invocando a Dios; quienes no lo hacían eran directamente expulsad@s. Y aunque
no en todos los grupos se exigía esto, y en la actualidad supongo que la
mayoría no lo hace, esta exigencia parece haber pervivido en forma de
“tradición”, de tal modo que quienes permanecen sobri@s durante algún tiempo llegan a creer que han experimentado
dicha conversión (lo que no sé es cómo lo transmiten o escenifican, puesto que
mientras asistí a las reuniones no fui testigo de ninguna). A eso lo llamo yo
un lavado de cerebro en toda regla.
Tampoco se expulsa a nadie abiertamente, sino que, como en mi caso, se les induce a
autoexpulsarse cuando fracasan en sus intentos de “minar su rebeldía”, con la
esperanza, eso sí, de que volverán al redil, más dóciles, más “receptivos”, más
“obedientes”, cuando su profecía de que sin las reuniones y sin el “Poder
Superior” recaerán automáticamente se cumpla gracias al miedo que previamente
se han encargado de inculcarles.
(Continuará...)
Crónica de una crisis, o la "borrachera seca"
El período de tiempo que abarcan mis dos últimas entradas, desde
mi última reunión presencial de AA hasta la segunda reunión online de Secular AA, fue un período algo
turbulento pero aun así exitoso, en la medida en que no tuve impulsos de beber.
Cierto que desde los dos “casi” que relaté, disminuyó mi actividad
y mi nivel de autoexigencia respecto a “cosas que hacer” (escribir, ver
películas, experimentar con nuevas comidas), aumentó mi ansiedad (provocada
sobre todo por el temor a que nuevos brotes de ansiedad me llevaran a nuevas
crisis – otro círculo vicioso que añadir a los ya diagnosticados –), lo que a
su vez me llevó a rechazar muchos encargos de trabajo y a hacer los que sí acepté
con gran dificultad, y estuve mucho tiempo "estancada" en la rabia por mi
experiencia en AA. Me volqué en mis investigaciones sobre AA, en mi
participación en los grupos de Facebook y en este blog.
Pero el martes pasado me derrumbé de nuevo y lo peor es que
debería haberlo previsto, porque los diversos detonantes que confluyeron ese
día estaban ya cobrando forma.
1) Justo antes de Semana Santa volví a tener el problema fí-sico-somático
que había superado dos semanas antes. Temí que se prolongara durante meses,
como en situaciones análogas del pasado... hasta que, proyectándome hacia el
futuro, diagnostiqué el “beneficio retorcido” que me proporcionaba: llevarme a
concluir que debía renunciar a un viaje que tenía planeado para finales de
junio desde mucho antes de dejar de beber, puesto que conllevaría una enorme
carga de ansiedad y otros elementos que pondrían en peligro mi sobriedad:
a) En mi última época alcohólica cualquier viaje se había
convertido en una potente fuente de estrés que sólo se aliviaba al llegar al
hotel o apartamento de turno y beber. Y éste sería un viaje infinitamente más
complicado porque (sin entrar en detalles) en él intervendrían fobias y traumas incrustados en mi subconsciente que soy incapaz de gestionar con herramientas racionales.
b) El viaje implicaba volver a la ciudad donde empezó mi proceso
cuesta abajo hacia el alcoholismo y, por tanto, me removería infinidad de malos
recuerdos relacionados con los detonantes de dicho proceso, y automática e
inconscientemente me reposicionaría en esa época oscura. Y:
c) El principal aliciente del viaje era reencontrarme con un “amigo
íntimo” del que me había distanciado durante mi apogeo alcohólico y con el que,
tras arduos esfuerzos, había conseguido retomar la relación por teléfono y correo
electrónico. Así, a distancia y en abstracto, la relación pasaba por un momento
muy bonito y supe que un reencuentro en persona me desequilibraría, independientemente
del resultado: si iba mal y constataba(mos) que el daño causado (por mí) un año
antes era irreparable, me causaría un enorme dolor y reavivaría mi sentimiento
de culpa; y si, por el contrario, volvía a ser como era antaño, ello me crearía
nuevas expectativas difíciles de materializar a causa de la distancia.
Resumiendo: lo mejor era “no meneallo”.
Consulté mis dudas con los grupos de Facebook y con mi amigo
(ex-)alcohólico de fuera y el consenso de las opiniones fue que convenía evitar
un viaje así, por lo menos hasta llevar un año de sobriedad. Una vez tomada la
decisión, mi problema físico desapareció casi por arte de magia.
El resto de la Semana Santa fue tranquilo y gratificante, pero,
conforme se acercaba a su fin, empecé a temer a la semana siguiente porque: 1)
Tendría que informar a mi amigo de mi decisión; y 2) Se suponía que esa semana
se resolvería el “papeleo fuera de mi control" que me había causado el
segundo “casi” un mes antes.
El lunes por la tarde me llamó mi amigo y le comuniqué mi decisión
de no viajar. Dijo que lo entendía, pero sé que le causé una enorme decepción.
Y me sentí fatal por mi ineptitud, por mi cobardía, por haberme colocado yo misma en la
situación de tener que elegir entre un viaje que una parte de mí deseaba y
preservar mi aún reciente sobriedad. Aun así, fue un día relativamente
tranquilo y “productivo”.
Al día siguiente me desperté muy nerviosa, en parte porque no
había recibido noticias sobre la (que me habían dicho) inminente resolución del
tema “Papeleo” y en parte por la perspectiva de la cita con la trabajadora
social del programa de drogodependencia no relacionado con AA, una clara señal
de alarma a la que tendría que haber prestado atención.
Porque... Al llegar al lugar de la cita se inició mi Derrumbe. La susodicha
me hizo esperar 45 minutos, una auténtica grosería teniendo en cuenta que
quienes acudimos allí estamos en una situación vulnerable. Mientras esperaba, hiperventilaba
exactamente igual que cuando acudía a la institución burocrática que provocó mi
primer “casi”. Estuve a punto de irme varias veces, pero me convencí de que
debía explorar el programa y que el irme sin más me haría sentirme un “fracaso”
(uno de mis detonantes). Cuando finalmente me atendió, tuve que contarle mi
historia post-alcohol desde el principio y darle infinidad de datos (qué bebía,
qué comía y a qué horas, si me duchaba todos los días [lo cual me pareció
francamente ofensivo], cuáles eran mis fuentes de ingresos, quiénes eran mis
amig@s y si bebían o no), todo lo cual me retrotrajo a otras primeras visitas a
tant@s psicólog@s de los últimos cinco años que nunca me ayudaron. Además, el
proceso era absurdamente buRRocrático: nueva cita con ella una semana después,
luego cita con una médica (y yo sólo voy a médic@s cuando lo necesito), luego
varias citas individuales con una psicóloga y finalmente, al cabo de quién sabe
cuántos meses, terapia de grupo.
Salí de allí con unas casi olvidadas ganas de llegar a casa y tomarme
una cerveza (en realidad, muuuuchas cervezas). Intenté acallar el deseo, pero,
una vez en casa, volvió a agobiarme la falta de noticias respecto al “Papeleo”
otro y un correo, aparentemente banal, de mi “amigo íntimo” me hizo flagelarme
por el nuevo daño que le había causado y por mi cobardía. Tenía unas ganas
locas de llorar y añoré el alcohol que antaño hacía remitir mis llantinas, añoranza que se convirtió en un incontrolable de beber, similar al de los dos “casi” de un mes antes,
aunque en ningún momento me planteé hacerlo: sólo temí no ser capaz de superar
esas ansias suicido-masoquistas. Y esta vez no tenía a quién llamar ni una
reunión de AA a la que acudir por la tarde/noche.
Pasé cerca de dos horas en ese terremoto emocional. Aun así, me
obligué a prepararme un buen almuerzo y eso me tranquilizó mínimamente. Después
de la sobremesa, le escribí a mi amigo contándole mi Crisis (“Por si necesitaba
confirmación de que debía cancelar el viaje de junio”) y explicándole en más
detalle lo que me había llevado a esa decisión, incluido lo
relativo a nuestro reencuentro que no me había atrevido a expresarle por
teléfono. También expuse mi Crisis en uno de los grupos de Facebook y recibí
muchas muestras de apoyo y de ánimo. Y finalmente me tranquilicé (casi) del
todo. Vi varios episodios de una serie anodina, cené con apetito y me metí en
la cama a leer con la (mini)satisfacción de haber sobrevivido, sola y sin apoyos presenciales, a la
Crisis.
Al día siguiente, sin embargo, me desperté profundamente deprimida
y furiosa. Deprimida por el fracaso de haber estado nuevamente “a punto de”,
porque seguía sin resolverse el “Papeleo” y porque temía que mi amigo se
distanciase por la cancelación de mi viaje. Y furiosa por el “Papeleo” de nunca
acabar y la actitud de las personas implicadas, por la absurditud burocrática del
programa de drogodependencia, que me había despertado tantos fantasmas que
creía enterrados, y por el maltrato que había recibido en AA, a causa del cual
ya no contaba con ese apoyo que tenía al principio. Un par de horas después
supe que la resolución del “Papeleo” se postergaba ocho días más y eso me llevó
de nuevo al borde del abismo.
Pasé horas llorando a mares. En medio, les puse largos audios de
Whatsapp a las tres personas de AA que me habían decepcionado/traicionado: El
Padrino, la compañera que me acompañó el primer día y el “dirigente” del área
con el que había hablado por teléfono meses atrás. Con tono muy contenido (nada
que ver con los “vómitos” que lanzaba en mi época alcohólica), les expliqué que
mi abandono de AA se debía al lavado de cerebro al que habían intentado
someterme y a sus amenazas, pese a las
cuales llevaba 3 meses y 11 días sobria (no les hablé, por supuesto, de mi Crisis).
También le escribí a mi amigo (ex-)alcohólico de fuera, preguntándole por qué,
si AA no era un programa religioso, tenía tanto miedo a ponerme en contacto con
otr@s ate@s. Todas las respuestas fueron absolutamente vacuas y me molestó
especialmente que mi amigo de fuera me dijera que no existía tal cosa como
grupos laicos de AA, pese a haberle hablado yo misma de los grupos a los que me
había unido y de las reuniones online.
Decidí entonces que a partir de ahora me volcaría en hacer
accesible la bibliografía y los recursos que había encontrado en inglés para
l@s hispanohablantes y me ofrecí a Secular
AA y a AA Agnostica para ir
traduciendo poco a poco sus páginas. Ya había empezado a divulgar aquí dicha
bibliografía (en la entrada “El (largo) adiós a Alcohólicos Anónimos”), tenía
planificadas nuevas entradas tituladas “Desmontando la secta” y había
contemplado la posibilidad de, a medio plazo, convertir este blog en un libro,
pero de repente sentí una enorme urgencia de empezar YA. En parte por el sincero deseo de ayudar a otras
personas en mi situación (ahuyentadas de AA por su proselitismo religioso) que
no sepan inglés y en parte también como una especie de venganza contra l@s miembr@s de AA en España: hacer tambalear su
omnímodo Poder sobre las mentes y los destinos de l@s demás alcohólic@s y su
confortable adormecimiento en sus clichés, su jerga vacua y su dejación de sí.
Como le dije al “dirigente” de mi área: “Algún día habrá grupos laicos de AA en
España. Al tiempo”.
De nuevo sobreviví al día (sin salir de casa porque “en la calle
hay alcohol”), pero acabé psicológicamente exhausta, hasta el punto de meterme
en la cama a las 9 de la noche. Y “resignada” a pasar los siguientes nueve días
(hasta que se resolviese – si no se producían más retrasos – el tema “Papeleo”)
en estado de impasse, dedicada
únicamente a sobrevivir sin alcohol con la menor ansiedad posible.
Y así pasé dos días más. Sin ansias de beber, pero también sin
ansias de nada más. Dos días muy – demasiado – parecidos a los de mi última
época de alcohólica activa: apatía total a partir del almuerzo, reclusión en mi
casa (aunque uno de los días salí por la mañana a una cita médica y al
supermercado), rumia constante de mi nueva “lista de agravios”, autocompasión,
soledad y convicción de que mi empresa de mantenerme sobria estaba abocada al fracaso. Hasta que, al final del segundo día, constaté dos hechos que me devolvieron
mínimamente la esperanza:
1) Recordé la expresión “borrachera seca” de la que se hablaba a
menudo en AA, siempre en tono despectivo porque indicaba el estado de quienes,
aun habiendo dejado de beber, no estaban trabajando los doce pasos ni habían
encontrado a su “Poder Superior” (en el mundo laico se refiere a no estar analizando
los conflictos, los detonantes y las predisposiciones subyacentes), y sentí que
esa metáfora describía perfectamente mi situación, por lo que podía tratarse
sólo de una fase, al igual que antes había pasado por la de la “nube rosa”. Y
2) Me di cuenta de que, por primera vez desde que dejara de beber,
esa semana había tenido que confrontar emociones negativas, de tristeza y de
culpa (relacionadas con mi “amigo íntimo”). Mucho antes, como ya relaté aquí, había
examinado los daños causados a otr@s amig@s y les había pedido disculpas; pero
una parte de mí ya era consciente de ese daño y, más que pena, sentí alegría
por poder presentar dichas disculpas. Sin embargo, la mayor parte de mis esfuerzos habían estado encaminados a lidiar con mis hábitos, el estrés, la ansiedad y las
situaciones de “falta de control” sobre los contratiempos externos.
Ésta era, pues, simplemente una situación novedosa más para la que carecía aún de herramientas y el reconocerlo me permitió “salir del hoyo”...
al menos hasta la próxima crisis.
¿Funcionan las reuniones de Alcohólicos Anónimos como un sucedáneo del alcohol?
En alguna entrada anterior dije
que el tipo de “entrega” al “Poder Superior” que se machaca en AA supone reemplazar
una adicción con otra. Ahora, a raíz de mi segunda reunión online de Secular AA y el post de un miembro del grupo de Facebook,
me pregunto si no serán también las reuniones mismas un sucedáneo.
Del mismo modo que, aunque no
obsesivamente, después de más de tres meses de abstinencia echo todavía menos de
el alcohol (no las cantidades industriales que bebía en la última época, pero
sí alguna cervecita o alguna copa de licor de hierbas), casi cuatro semanas
después de mi última reunión presencial de AA, sigo echando de menos la
sensación de seguridad que me daban en un principio (énfasis en en un principio).
Sé que no habría podido superar el
Día D+1 sin AA (hablar con una compañera por la mañana y saber que por la noche
me acompañaría a una reunión). Después de eso, tardé seis días en volver a una
reunión (tenía demasiado trabajo y tenía que hacerlo con mucha calma), pero me
reconfortaba saber que podía ir cualquier día y que, además, tenía dos
teléfonos de compañer@s a quienes llamar en caso de emergencia.
Durante las primeras seis semanas,
fui a una única reunión semanal y con ello me bastaba para mantenerme firme en
mi proceso y recibir refuerzo (sobre todo autorrefuerzo) por mis progresos. Una
vez superados mis serios problemas digestivos, como ya he relatado aquí, empezaron
a surgir otras “inquietudes” y durante tres semanas asistí a dos reuniones
semanales. Finalmente, la última semana, la de mis dos “casi”, fui a cinco... hasta que la enésima reunión catequética y la manipulación de El
Padrino me llevaron a “autoexpulsarme” del grupo.
Y sin embargo... Ahora me doy
cuenta de que, a excepción de las tres primeras reuniones (la cuarta fue la
primera de las varias catequéticas que tuve que padecer), cuando el proceso de
recuperación era todavía un continente ignoto para mí y podía identificarme con
casi todo lo que oía (salvo, por supuesto, con el “rollo” religioso), no recibí prácticamente
ninguna ayuda tangible... Simplemente me daba seguridad acudir allí. ¿A modo de
placebo, me pregunto ahora?
Durante mi segunda reunión online (en la que por cierto ya no se
habló sólo del fanatismo religioso del AA oficial), me di cuenta de que l@s
participantes compartían experiencias bastante más personales y detalladas que en
el AA presencial al que acudía. En mis cerca de 20 reuniones no oí a nadie
contar lo que les llevó al alcoholismo, ni los problemas vitales subyacentes
que descubrieron posteriormente, ni los detonantes que podían llevarles a
recaer... Sólo se hablaba de abstracciones como el egoísmo, la ira, la
autoconmiseración o la falta de autoestima, pero sin entrar en detalles.
Primero pensé que ello podía
deberse a que vivo en una ciudad de tamaño medio y tal vez l@s miembr@s de AA
no quieran airear sus problemas personales por temor a que en el grupo haya un
amigo de una compañera de trabajo, una prima de un vecino o una vecina de un
cuñado (sobra decir que aquí “todo el mundo se conoce”).
Pero al leer hoy el post de un compañero ateo de Facebook
donde decía que, pese a llevar cinco años sobrio, no encuentra ayuda para sus
problemas emocionales en AA, se me ocurrió que tal vez la respuesta sea más
simple (en los dos sentidos de la palabra): que (la mayoría de) la gente que
está en AA no se molesta en analizar los problemas subyacentes, las emociones
concretas, los dolores del pasado o sus predisposiciones (yo sí hablaba de todo
eso en las reuniones; en este blog doy menos detalles porque se trata de un
blog público y no quiero ser “identificada”). Al fin y al cabo, cuentan con un
“Poder Superior” que l@s mantiene alejad@s de la botella y no necesitan profundizar
más.
Cierto que se decía a menudo que
no basta con dejar de beber; que luego hay que “trabajarlo”. Pero, francamente,
yo no veo demasiado “trabajo” en sus 12
pasos, que son bastante reiterativos y podrían resumirse en cuatro:
1) Admitir que nuestra vida se
había vuelto “ingobernable” a causa del alcohol (una obviedad porque, sin ese
reconocimiento, de entrada nadie acudiría a AA);
2) Entregar nuestra (recién recuperada)
voluntad a un poder sobrenatural;
3) Hacer un minucioso inventario
de nuestros defectos, inmoralidades y daños que hemos causado... y
autoflagelarnos, preferiblemente en público (con látigo y cilicio); y
4) Hacer “servicio” a l@s demás y
jactarse de ello (algo que por cierto contraviene el Evangelio según yo lo
recuerdo y posiblemente también otros “evangelios” de otras religiones).
Tal vez esté siendo injusta al
resumirlos de manera tan simplista y sarcástica. Pero ésa fue mi impresión en
el grupo al que asistía. Como mencioné arriba, sólo oí hablar de defectos en
grado superlativo. Nunca de ninguna “virtud” que alguien pudiera tener, ni siquiera
la virtud de la fortaleza para
seguir sobri@s, supongo que porque atribuían su sobriedad a algo sobrenatural
externo a ell@s. Bueno, una sí: la de “dedicar mi vida a l@s demás” de la que tanto se jactaban los fanáticos autoproclamados receptores (en
masculino porque los que así se comportaban eran todos hombres) de la gracia
divina.
También me llama la atención que
haya gente con 10, 20 ó 30 años de sobriedad a sus espaldas que sigue acudiendo
a las reuniones casi a diario. Entiendo que algun@s lo hagan por un sincero y
honesto deseo de devolver la ayuda que recibieron en su momento o que otr@s lo
hagan por mantener el contacto con l@s amig@s que hayan podido hacer... Y por
supuesto están quienes tienen como único proyecto vital “convertir al prójimo”
a la verdad-verdadera de su religión... ¿Pero y l@s otr@s?
Al plantear esta cuestión en uno
de los grupos de Facebook, alguien me dijo que se trataba, no de un “sucedáneo”
(“replacement” en inglés), sino de
una especie de “transferencia” (“displacement”)
de la adicción a otro ámbito, mucho más saludable por supuesto que el alcohol,
lo cual tiene cierta lógica. Aun así, personalmente no me gusta depender de
nada ni de nadie (aunque ello no fue óbice para acabar completamente dependiente
del alcohol). Es indudable que ahora mismo necesito ayuda y apoyo para seguir
adelante con mi proceso, pero me gustaría creer que en algún futuro me sentiré
lo suficientemente fuerte como para continuarlo de manera autónoma. El tiempo
lo dirá.
El (largo) adiós a Alcohólicos Anónimos: Investigaciones y recursos
En mi anterior entrada, tras hablar de mi última reunión de
AA, dije sencillamente: “Y desde entonces no he vuelto”.
Sin embargo, la toma de decisión no fue tan sencilla, en
parte porque AA me había ayudado realmente en un principio y en parte porque
temía que, como tanto me habían machacado, el dejar de asistir me condujese
automáticamente a una recaída.
Después del fin de semana en que no pude acudir a causa de
mi problema físico, encontré por fin un artículo académico en castellano que
analizaba en profundidad el funcionamiento de AA, “La construcción del
alcohólico en recuperación: Reflexiones a partir del estudio de una comunidad
de Alcohólicos Anónimos en el norte de México”, de José Palacios Ramírez (Desacatos,
núm. 29, enero-abril 2009, págs. 47-68), y que me dejó absolutamente aterrada.
Aunque el autor no emite juicios de valor (al fin y al cabo, es Profesor de Antropología en una universidad católica), muchos de sus comentarios llevan a la
conclusión ineludible de que AA constituye una secta en toda regla. (Más sobre
esto en una próxima entrada.)
Ese mismo día, investigando en Google en inglés, encontré una
página de incalculable valor, la de AA
Agnostica (www.aaagnostica.org),
en la que encontré críticas del AA tradicional, un enlace a un grupo secreto de
Facebook (AA Beyond Belief)**, al
que inmediatamente solicité unirme, bibliografía sobre AA desde la perspectiva
laica o atea, y una lista de reuniones online
a las que podía “asistir”, además de innumerables reuniones presenciales en
EEUU, Reino Unido y otros países (lamentablemente, España no). (Más sobre la
bibliografía en una próxima entrada.)
Cuando me aceptaron en el grupo de Facebook, conté mi historia
y recibí muchísimo apoyo y numerosos comentarios sobre experiencias similares a
la mía. Sentí una inmensa alegría y un inmenso alivio: ¡¡No estaba sola en mi
doble lucha contra el alcohol y el proselitismo de AA!!
Aun así, había decidido asistir a una reunión el día
siguiente: hacía una semana que no iba y el temor supersticioso a una recaída me
inducía a hacerlo. Al mediodía les escribí sendos Whatsapp a las dos personas a las
que unos días antes les había pedido que me pusiesen en contacto con algún/a
miembr@ ate@: la compañera de aquí que me había acompañado el primer día y mi
amigo de fuera. Ningun@ de l@s dos supo/quiso ayudarme: dizque no conocían a
nadie... Algo bastante difícil de creer: si yo, en sólo dos meses y medio, supe
de dos ate@s (incluida yo) en un solo grupo, ¿cómo no iban ell@s a conocer a much@s más, habiendo trabajado durante años con numerosos grupos de sus
respectivas áreas? Posteriormente concluiría que esta reticencia podía deberse en parte al temor a que yo pretendiese crear un grupo laico, algo que entonces no se me
había ocurrido pero que ahora me encantaría hacer. Mi propósito al
contarles que había encontrado un grupo laico en Internet y que podría seguir
asistiendo a las reuniones gracias a este nuevo apoyo virtual era doble: 1) Una
muestra de agradecimiento, puesto que amb@s me habían ayudado
desinteresadamente en algún momento; y 2) Una declaración de intenciones: “Mi
ateísmo es firme y l@s fanátic@s ‘No pasarán’”. Pero sus respuestas me
perturbaron profundamente. La primera me dijo que se alegraba de mi decisión y
que esa tarde asistiría a la reunión de mi local... cuando ella pertenecía a
otro y sólo había ido allí dos veces, ambas acompañando a alguien. ¿Tendría
“planes” para mí, me pregunté? Por su parte, el segundo me repitió que él había
seguido siendo ateo durante once meses y ahora creía en una “inteligencia
universal”, no en el catolicismo, lo cual interpreté como un intento sutil de convencerme
de la necesidad de una “conversión”. Dudé entonces seriamente acerca de la
conveniencia de ir a la reunión y de hecho, cuando me disponía a vestirme para salir,
noté de nuevo la molestia física de la semana anterior, un claro aviso de mi
cuerpo de que no debía hacerlo. Y no lo hice.
Aun así, el temor supersticioso persistía. Investigué más en
Internet y encontré referencias a un estudio realizado en 2001-2002 por el
Instituto Nacional sobre el Abuso del Alcohol y el Alcoholismo (NIAAA, por sus
siglas en inglés) del gobierno estadounidense, que concluye que el 75% de l@s
alcohólic@s se recupera sin recibir ningún tratamiento específico ni acudir a
reuniones de AA. También encontré una página, The Orange Papers (www.orange-papers.info/),
con infinidad de documentos criticando los mecanismos sectarios de AA. (Más
sobre esto en una próxima entrada.) Todo ello me animó enormemente en la decisión
de seguir adelante sin AA.
Cuatro días después, sin embargo, me desperté con cierta
añoranza de las reuniones, sobre todo de las pre-reuniones de los domingos, que
al principio disfrutaba. Decidí, no sin cierto vago temor, que iría temprano para charlar con quienes
estuvieran allí, especialmente el compañero ateo, y luego, dependiendo de quién
más asistiese, me quedaría o no a la reunión. Me vestí, salí y... Nada más
coger el coche, empezó inesperadamente a llover, lo que dificultaba llegar
hasta el centro de reunión. Lo vi como una “señal divina” (léase con ironía) de
que nunca más debería asistir y volví a casa sintiéndome por fin liberada de esa (autoimpuesta) obligación.
Aun así, pasé diez días más atascada en una profunda rabia y
decepción por el trato recibido, sobre todo la manipulación retorcida de El
Padrino. Después de un día en que prácticamente no hice nada más que ver
series, como en la última época de mi alcoholismo, decidí por fin contarles la
historia a tres amig@s, una de fuera y dos de aquí, algo que no había hecho hasta
entonces porque sentía cierta “vergüenza” por haberme dejado manipular, aunque
sólo fuera fugazmente. Gracias a ello, salí por fin del rincón de la rabia y la
vergüenza, y mi estado de ánimo mejoró.
Seguí participando activamente, con comentarios y exponiendo
mis propias inquietudes y dudas, en el grupo de Facebook, y me uní a dos grupos
secretos más, AA Atheists and Agnostics
(AAAA) y Secular AA Coffeeshop. Encontré
también, gracias a ellos, la página de un programa de recuperación completamente desligado
de AA, SMART Recovery (www.smartrecovery.org/), cuyas siglas
significan “Entrenamiento para la Autogestión y la Recuperación”, que contiene abundante
material para trabajar el proceso mediante herramientas de psicología
cognitiva. Y, a través de un amigo psicólogo de aquí, descubrí un programa
gestionado por una ONG que ofrece gratuitamente terapia individual y de grupo,
y concerté una cita con la asistenta social para diez días después.
Finalmente, dos semanas después de mi último “intento” de ir
a AA, “asistí” a una reunión online de Secular AA que resultó muy
gratificante. Pude por fin interactuar cara a cara (aunque por pantalla
interpuesta) con personas de distintos lugares del mundo que habían tenido
experiencias similares a la mía en AA y que tampoco disponen de reuniones
laicas o ateas en su lugar de residencia. En algún momento el moderador dijo
que esperaba que este movimiento creciera, para poder dedicar las reuniones a
hablar del alcoholismo propiamente y no de AA y sus dioses y poderes
superiores. Lo cual no deja de ser una triste ironía: al igual que en el AA oficial, parecía que aquí
también se hablaba sobre todo de religión, aunque desde la perspectiva opuesta,
sencillamente porque los intentos de lavado de cerebro del primero nos habían
dejado profundamente magullad@s... Y, mientras escribo esto, pienso en la enorme
cantidad de energía psicológica e intelectual que he malgastado – y sigo malgastando
– en todo este “rollo” religioso (confrontarlo, primero; asimilarlo, después;
publicarlo ahora) en lugar de invertirla en mi proceso de recuperación.
**Dos días antes, yo había creado mi propio grupo en Facebook, Alcohólicos/as Ateos/as (con duplicación y no con arroba para facilitar las búsquedas en Internet), con un único miembro... falso (un amigo no-alcohólico que se unió para que yo pudiera crearlo). Poco después se unió otra persona de uno de los grupos en inglés, pero no ha crecido más porque, al ser un grupo “público”, no está garantizado el anonimato (salvo bajo seudónimo); sin embargo, mientras no haya más miembr@s, no puedo convertirlo en “secreto”, ya que entonces las personas interesadas no tendrían modo de conocer su existencia.
Los manejos de una secta: Alcohólicos Anónimos manifiesta su lado más oscuro
Terminé mi entrada de hace tres semanas “Más sobre el
proselitismo religioso de AA”, con un “(Mucho me temo que...) Continuará...” Y
en efecto continuó... Continuó el proselitismo y yo continúo hablando de él,
aunque espero poder rubricar próximamente el tema con la palabra “FIN” .
En realidad, a mi última entrada le faltaba un doble preámbulo
que ahora me doy cuenta de que habría sido crucial:
1) La reunión que describí ahí venía precedida de mi segundo
“casi” el día anterior, cuando había “contratado” un “padrino”... Hasta
entonces había pensado vagamente en la necesidad de tener uno, pero mi amigo de
fuera me había dicho que los padrinos o las madrinas se elegían para “trabajar
los pasos”, algo que francamente nunca me interesó (independientemente de mi
alergia al “Poder Superior” que casi todos invocan). Durante la (doble) Crisis
de esa semana pensé, sin embargo, que me resultaría útil tener un apoyo más
específico e “individualizado” que el que me proporcionaba el grupo y recurrí a
esa persona en concreto porque: 1) Solía hacer comentarios muy “razonables” en
las reuniones, sin mencionar nunca el “rollo” religioso (aunque imaginaba que,
como casi tod@s, lo tenía); 2) Uno de sus “ahijados” decía también cosas muy “razonables”
y a veces incluso cuestionaba algunos aspectos de AA (aunque ahora me doy
cuenta de que nunca en presencia del Susodicho); 3) Iba a las reuniones casi
diariamente, por lo cual me sería fácil quedar con él un rato antes si algún
día sentía la necesidad; y 4) Aunque sólo fuera implícitamente, se había
ofrecido a hacerlo.
2) El día anterior (el del “casi”) había ido a una reunión y
había resultado ser una “reunión de trabajo”, en la que prácticamente sólo se
habló del funcionamiento y la situación económica del grupo. Sin embargo, cerca
del final, un tipo al que hasta entonces nunca había visto dijo que si cada vez
asistía menos gente a las reuniones, era porque tod@s seguían estancad@s en su
pasado alcohólico y se hablaba poco del “Poder Superior” (!!!). Repliqué
instantáneamente: “Como novata, yo vengo aquí en busca de apoyo y refuerzo para
mi recuperación. Lo que me ayuda es escuchar las experiencias de l@s demás y
exponer las propias, no sólo como descargue, sino porque verbalizarlas me ayuda
a reflexionar sobre ellas. Para misticismos hay muchos otros lugares a los que
acudir; en cambio, éste es el único para l@s alcohólic@s, como su propio nombre
indica”.
Volviendo a la reunión descrita en la anterior entrada: “el compañero, normalmente bastante ecuánime y
respetuoso” que acusó agresivamente al ateo de “falta de respeto”
fue precisamente El Padrino (no resisto la tentación de jugar con el apelativo
del célebre mafioso), aun sabiendo por mis gestos y mis miradas que yo lo estaba
aplaudiendo. Al llegar a casa, le escribí un largo Whatsapp diciéndole: “Tú
hablaste de respeto, pero, ¿no crees que es una falta de respeto que gente como
X. e Y. amenacen a l@s principiantes con que acabaremos bebiendo si no creemos
lo mismo que ell@s?” Me dijo que me llamaba y le dije que no era necesario.
Dos días después, sin embargo, como seguía furiosa por esa
reunión, lo llamé y tuvimos lo que entonces
me pareció una conversación fructífera, aunque me saltaron un par de
alarmas que preferí acallar: 1) Cuando volví a afirmar mi ateísmo, me dijo: “Z.
también era como tú al principio”... Y Z., aunque no es de l@s fanátic@s más autoritari@s, habla
a menudo, en forma absolutamente incoherente por cierto, de su “Poder
Superior”. (¿Le habría lavado el cerebro él?); y 2) Me dijo que tal vez no fuera buena idea hablarles de mi proceso
a mis amig@s, a lo que respondí que mis amig@s no eran simples “compañer@s de
borrachera” y que estaba segura de que, si yo pidiera alcohol en su presencia,
intentarían disuadirme de beber. (¿Estaría intentando alejarme de mis amig@s?)
Dos días después, asistí a mi primera reunión tras la
“catequética”, con cierto temor a que fuera a desarrollarse como la anterior,
cuando lo que yo necesitaba era hablar sobre las crisis que había tenido. De
camino allí, paré en un supermercado y notaba cierta molestia física a la que
no presté demasiada atención. La pre-reunión fue, como siempre, muy agradable,
pero, al llegar al salón, estaba otro de los fanáticos vociferantes (que un día
había intentado “venderme” el budismo como una religión “útil” para mí... como
si las creencias o no-creencias fueran cuestión de elegir de un catálogo)
leyendo algo sobre el “Poder Superior”, para terminar con un “AA respeta todas
las creencias”, ante lo que no pude callarme (la reunión no había empezado
aún): “Sí, se respetan todas las creencias, pero no las no-creencias”. Y ahí
saltó El Padrino: “¿Cuándo no te has sentido respetada tú?” Respondí con
evasivas y entonces empezó la reunión.
Yo intervine contando mis recientes crisis y mi conclusión
respecto a mi círculo vicioso “ingobernabilidad → alcohol → más ingobernabilidad”,
aunque no era propiamente el tema. El Padrino habló justo después; dijo
vaguedades que no recuerdo y terminó su perorata con un agresivo comentario que
iba evidentemente dirigido contra mí: “¿Acaso he hablado para algo del Poder
Superior o de Dios? No, ¿verdad?”
El resto de la reunión fue bastante anodino y volví a casa
con la molestia física agravada, que a lo largo de los dos días siguientes se
agravó aún más. Era evidentemente un problema psicosomático de los que a menudo
me aquejan y que hace muchos años descubrí que cumplen un “beneficio”
retorcido. Dichos "beneficios" son muchos y variados, pero en este caso se trataba
de uno de los clásicos: “Tener una excusa para no hacer algo”, y ese “algo” era
no ir a las reuniones durante unos días. (Este problema físico en concreto no me impedía
salir a ciertos lugares, pero sí a AA.)
Y desde entonces no he vuelto.
Poco después me
puse a investigar a AA a fondo. En español había encontrado muy poco, pero en
el ámbito anglosajón hay una abundante bibliografía sobre su funcionamiento de
secta y encontré también grupos de AA para ate@s/agnóstic@s/laic@s, incluido un
grupo de Facebook al que me uní y que resultó ser un buen apoyo
virtual.
Seguí analizando los “sucesos” de las últimas reuniones y, a
partir de mis análisis y de las experiencias que leí en el grupo de FB, llegué
a una conclusión aterradora: El Padrino se “me vendió” como alguien “razonable”,
cuando en realidad sólo estaba al acecho para entrar a saco cuando me viera “vulnerable” (mi semana de crisis)...
Y, al ver que pese a todo yo seguía con mi – lo que en AA llaman – “rebeldía”, decidió
socavarme públicamente para vulnerabilizarme aún más. Si tal como dicta AA, el
dejar las reuniones es el camino más corto hacia la recaída, es evidente que
está esperando – deseando – que yo recaiga, para poder decirme: “Te lo
advertí”... y tal vez entonces tener más éxito en su labor de lavado de cerebro.
Es absolutamente retorcido y muy muy sucio... Me sentí como si hubiera sido
víctima de un “intento de violación
mental” y me costó mucho salir de “ahí” (en realidad, no estoy segura de haber
salido todavía), de esa sensación de indefensión, de victimización y de
rabia... a la que se sumaba la soledad de no tener ya con quien compartir mi
proceso.
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