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¿Funcionan las reuniones de Alcohólicos Anónimos como un sucedáneo del alcohol?

En alguna entrada anterior dije que el tipo de “entrega” al “Poder Superior” que se machaca en AA supone reemplazar una adicción con otra. Ahora, a raíz de mi segunda reunión online de Secular AA y el post de un miembro del grupo de Facebook, me pregunto si no serán también las reuniones mismas un sucedáneo.
Del mismo modo que, aunque no obsesivamente, después de más de tres meses de abstinencia echo todavía menos de el alcohol (no las cantidades industriales que bebía en la última época, pero sí alguna cervecita o alguna copa de licor de hierbas), casi cuatro semanas después de mi última reunión presencial de AA, sigo echando de menos la sensación de seguridad que me daban en un principio (énfasis en en un principio).
Sé que no habría podido superar el Día D+1 sin AA (hablar con una compañera por la mañana y saber que por la noche me acompañaría a una reunión). Después de eso, tardé seis días en volver a una reunión (tenía demasiado trabajo y tenía que hacerlo con mucha calma), pero me reconfortaba saber que podía ir cualquier día y que, además, tenía dos teléfonos de compañer@s a quienes llamar en caso de emergencia.
Durante las primeras seis semanas, fui a una única reunión semanal y con ello me bastaba para mantenerme firme en mi proceso y recibir refuerzo (sobre todo autorrefuerzo) por mis progresos. Una vez superados mis serios problemas digestivos, como ya he relatado aquí, empezaron a surgir otras “inquietudes” y durante tres semanas asistí a dos reuniones semanales. Finalmente, la última semana, la de mis dos “casi”, fui a cinco... hasta que la enésima reunión catequética y la manipulación de El Padrino me llevaron a “autoexpulsarme” del grupo.
Y sin embargo... Ahora me doy cuenta de que, a excepción de las tres primeras reuniones (la cuarta fue la primera de las varias catequéticas que tuve que padecer), cuando el proceso de recuperación era todavía un continente ignoto para mí y podía identificarme con casi todo lo que oía (salvo, por supuesto, con el “rollo” religioso), no recibí prácticamente ninguna ayuda tangible... Simplemente me daba seguridad acudir allí. ¿A modo de placebo, me pregunto ahora?
Durante mi segunda reunión online (en la que por cierto ya no se habló sólo del fanatismo religioso del AA oficial), me di cuenta de que l@s participantes compartían experiencias bastante más personales y detalladas que en el AA presencial al que acudía. En mis cerca de 20 reuniones no oí a nadie contar lo que les llevó al alcoholismo, ni los problemas vitales subyacentes que descubrieron posteriormente, ni los detonantes que podían llevarles a recaer... Sólo se hablaba de abstracciones como el egoísmo, la ira, la autoconmiseración o la falta de autoestima, pero sin entrar en detalles.
Primero pensé que ello podía deberse a que vivo en una ciudad de tamaño medio y tal vez l@s miembr@s de AA no quieran airear sus problemas personales por temor a que en el grupo haya un amigo de una compañera de trabajo, una prima de un vecino o una vecina de un cuñado (sobra decir que aquí “todo el mundo se conoce”).
Pero al leer hoy el post de un compañero ateo de Facebook donde decía que, pese a llevar cinco años sobrio, no encuentra ayuda para sus problemas emocionales en AA, se me ocurrió que tal vez la respuesta sea más simple (en los dos sentidos de la palabra): que (la mayoría de) la gente que está en AA no se molesta en analizar los problemas subyacentes, las emociones concretas, los dolores del pasado o sus predisposiciones (yo sí hablaba de todo eso en las reuniones; en este blog doy menos detalles porque se trata de un blog público y no quiero ser “identificada”). Al fin y al cabo, cuentan con un “Poder Superior” que l@s mantiene alejad@s de la botella y no necesitan profundizar más.
Cierto que se decía a menudo que no basta con dejar de beber; que luego hay que “trabajarlo”. Pero, francamente, yo no veo demasiado “trabajo” en sus 12 pasos, que son bastante reiterativos y podrían resumirse en cuatro:
1) Admitir que nuestra vida se había vuelto “ingobernable” a causa del alcohol (una obviedad porque, sin ese reconocimiento, de entrada nadie acudiría a AA);
2) Entregar nuestra (recién recuperada) voluntad a un poder sobrenatural;
3) Hacer un minucioso inventario de nuestros defectos, inmoralidades y daños que hemos causado... y autoflagelarnos, preferiblemente en público (con látigo y cilicio); y  
4) Hacer “servicio” a l@s demás y jactarse de ello (algo que por cierto contraviene el Evangelio según yo lo recuerdo y posiblemente también otros “evangelios” de otras religiones).
Tal vez esté siendo injusta al resumirlos de manera tan simplista y sarcástica. Pero ésa fue mi impresión en el grupo al que asistía. Como mencioné arriba, sólo oí hablar de defectos en grado superlativo. Nunca de ninguna “virtud” que alguien pudiera tener, ni siquiera la virtud de la fortaleza para seguir sobri@s, supongo que porque atribuían su sobriedad a algo sobrenatural externo a ell@s. Bueno, una sí: la de “dedicar mi vida a l@s demás” de la que tanto se jactaban los fanáticos autoproclamados receptores (en masculino porque los que así se comportaban eran todos hombres) de la gracia divina.
También me llama la atención que haya gente con 10, 20 ó 30 años de sobriedad a sus espaldas que sigue acudiendo a las reuniones casi a diario. Entiendo que algun@s lo hagan por un sincero y honesto deseo de devolver la ayuda que recibieron en su momento o que otr@s lo hagan por mantener el contacto con l@s amig@s que hayan podido hacer... Y por supuesto están quienes tienen como único proyecto vital “convertir al prójimo” a la verdad-verdadera de su religión... ¿Pero y l@s otr@s?
Al plantear esta cuestión en uno de los grupos de Facebook, alguien me dijo que se trataba, no de un “sucedáneo” (“replacement” en inglés), sino de una especie de “transferencia” (“displacement”) de la adicción a otro ámbito, mucho más saludable por supuesto que el alcohol, lo cual tiene cierta lógica. Aun así, personalmente no me gusta depender de nada ni de nadie (aunque ello no fue óbice para acabar completamente dependiente del alcohol). Es indudable que ahora mismo necesito ayuda y apoyo para seguir adelante con mi proceso, pero me gustaría creer que en algún futuro me sentiré lo suficientemente fuerte como para continuarlo de manera autónoma. El tiempo lo dirá.

El (largo) adiós a Alcohólicos Anónimos: Investigaciones y recursos

En mi anterior entrada, tras hablar de mi última reunión de AA, dije sencillamente: “Y desde entonces no he vuelto”.

Sin embargo, la toma de decisión no fue tan sencilla, en parte porque AA me había ayudado realmente en un principio y en parte porque temía que, como tanto me habían machacado, el dejar de asistir me condujese automáticamente a una recaída.

Después del fin de semana en que no pude acudir a causa de mi problema físico, encontré por fin un artículo académico en castellano que analizaba en profundidad el funcionamiento de AA, “La construcción del alcohólico en recuperación: Reflexiones a partir del estudio de una comunidad de Alcohólicos Anónimos en el norte de México”, de José Palacios Ramírez (Desacatos, núm. 29, enero-abril 2009, págs. 47-68), y que me dejó absolutamente aterrada. Aunque el autor no emite juicios de valor (al fin y al cabo, es Profesor de Antropología en una universidad católica), muchos de sus comentarios llevan a la conclusión ineludible de que AA constituye una secta en toda regla. (Más sobre esto en una próxima entrada.)

Ese mismo día, investigando en Google en inglés, encontré una página de incalculable valor, la de AA Agnostica (www.aaagnostica.org), en la que encontré críticas del AA tradicional, un enlace a un grupo secreto de Facebook (AA Beyond Belief)**, al que inmediatamente solicité unirme, bibliografía sobre AA desde la perspectiva laica o atea, y una lista de reuniones online a las que podía “asistir”, además de innumerables reuniones presenciales en EEUU, Reino Unido y otros países (lamentablemente, España no). (Más sobre la bibliografía en una próxima entrada.)

Cuando me aceptaron en el grupo de Facebook, conté mi historia y recibí muchísimo apoyo y numerosos comentarios sobre experiencias similares a la mía. Sentí una inmensa alegría y un inmenso alivio: ¡¡No estaba sola en mi doble lucha contra el alcohol y el proselitismo de AA!!

Aun así, había decidido asistir a una reunión el día siguiente: hacía una semana que no iba y el temor supersticioso a una recaída me inducía a hacerlo. Al mediodía les escribí sendos Whatsapp a las dos personas a las que unos días antes les había pedido que me pusiesen en contacto con algún/a miembr@ ate@: la compañera de aquí que me había acompañado el primer día y mi amigo de fuera. Ningun@ de l@s dos supo/quiso ayudarme: dizque no conocían a nadie... Algo bastante difícil de creer: si yo, en sólo dos meses y medio, supe de dos ate@s (incluida yo) en un solo grupo, ¿cómo no iban ell@s a conocer a much@s más, habiendo trabajado durante años con numerosos grupos de sus respectivas áreas? Posteriormente concluiría que esta reticencia podía deberse en parte al temor a que yo pretendiese crear un grupo laico, algo que entonces no se me había ocurrido pero que ahora me encantaría hacer. Mi propósito al contarles que había encontrado un grupo laico en Internet y que podría seguir asistiendo a las reuniones gracias a este nuevo apoyo virtual era doble: 1) Una muestra de agradecimiento, puesto que amb@s me habían ayudado desinteresadamente en algún momento; y 2) Una declaración de intenciones: “Mi ateísmo es firme y l@s fanátic@s ‘No pasarán’”. Pero sus respuestas me perturbaron profundamente. La primera me dijo que se alegraba de mi decisión y que esa tarde asistiría a la reunión de mi local... cuando ella pertenecía a otro y sólo había ido allí dos veces, ambas acompañando a alguien. ¿Tendría “planes” para mí, me pregunté? Por su parte, el segundo me repitió que él había seguido siendo ateo durante once meses y ahora creía en una “inteligencia universal”, no en el catolicismo, lo cual interpreté como un intento sutil de convencerme de la necesidad de una “conversión”. Dudé entonces seriamente acerca de la conveniencia de ir a la reunión y de hecho, cuando me disponía a vestirme para salir, noté de nuevo la molestia física de la semana anterior, un claro aviso de mi cuerpo de que no debía hacerlo. Y no lo hice.

Aun así, el temor supersticioso persistía. Investigué más en Internet y encontré referencias a un estudio realizado en 2001-2002 por el Instituto Nacional sobre el Abuso del Alcohol y el Alcoholismo (NIAAA, por sus siglas en inglés) del gobierno estadounidense, que concluye que el 75% de l@s alcohólic@s se recupera sin recibir ningún tratamiento específico ni acudir a reuniones de AA. También encontré una página, The Orange Papers (www.orange-papers.info/), con infinidad de documentos criticando los mecanismos sectarios de AA. (Más sobre esto en una próxima entrada.) Todo ello me animó enormemente en la decisión de seguir adelante sin AA.

Cuatro días después, sin embargo, me desperté con cierta añoranza de las reuniones, sobre todo de las pre-reuniones de los domingos, que al principio disfrutaba. Decidí, no sin cierto vago temor, que iría temprano para charlar con quienes estuvieran allí, especialmente el compañero ateo, y luego, dependiendo de quién más asistiese, me quedaría o no a la reunión. Me vestí, salí y... Nada más coger el coche, empezó inesperadamente a llover, lo que dificultaba llegar hasta el centro de reunión. Lo vi como una “señal divina” (léase con ironía) de que nunca más debería asistir y volví a casa sintiéndome por fin liberada de esa (autoimpuesta) obligación.

Aun así, pasé diez días más atascada en una profunda rabia y decepción por el trato recibido, sobre todo la manipulación retorcida de El Padrino. Después de un día en que prácticamente no hice nada más que ver series, como en la última época de mi alcoholismo, decidí por fin contarles la historia a tres amig@s, una de fuera y dos de aquí, algo que no había hecho hasta entonces porque sentía cierta “vergüenza” por haberme dejado manipular, aunque sólo fuera fugazmente. Gracias a ello, salí por fin del rincón de la rabia y la vergüenza, y mi estado de ánimo mejoró.

Seguí participando activamente, con comentarios y exponiendo mis propias inquietudes y dudas, en el grupo de Facebook, y me uní a dos grupos secretos más, AA Atheists and Agnostics (AAAA) y Secular AA Coffeeshop. Encontré también, gracias a ellos, la página de un programa de recuperación completamente desligado de AA, SMART Recovery (www.smartrecovery.org/), cuyas siglas significan “Entrenamiento para la Autogestión y la Recuperación”, que contiene abundante material para trabajar el proceso mediante herramientas de psicología cognitiva. Y, a través de un amigo psicólogo de aquí, descubrí un programa gestionado por una ONG que ofrece gratuitamente terapia individual y de grupo, y concerté una cita con la asistenta social para diez días después.

Finalmente, dos semanas después de mi último “intento” de ir a AA, “asistí” a una reunión online de Secular AA que resultó muy gratificante. Pude por fin interactuar cara a cara (aunque por pantalla interpuesta) con personas de distintos lugares del mundo que habían tenido experiencias similares a la mía en AA y que tampoco disponen de reuniones laicas o ateas en su lugar de residencia. En algún momento el moderador dijo que esperaba que este movimiento creciera, para poder dedicar las reuniones a hablar del alcoholismo propiamente y no de AA y sus dioses y poderes superiores. Lo cual no deja de ser una triste ironía: al igual que en el AA oficial, parecía que aquí también se hablaba sobre todo de religión, aunque desde la perspectiva opuesta, sencillamente porque los intentos de lavado de cerebro del primero nos habían dejado profundamente magullad@s... Y, mientras escribo esto, pienso en la enorme cantidad de energía psicológica e intelectual que he malgastado – y sigo malgastando – en todo este “rollo” religioso (confrontarlo, primero; asimilarlo, después; publicarlo ahora) en lugar de invertirla en mi proceso de recuperación.

**Dos días antes, yo había creado mi propio grupo en Facebook, Alcohólicos/as Ateos/as (con duplicación y no con arroba para facilitar las búsquedas en Internet), con un único miembro... falso (un amigo no-alcohólico que se unió para que yo pudiera crearlo). Poco después se unió otra persona de uno de los grupos en inglés, pero no ha crecido más porque, al ser un grupo “público”, no está garantizado el anonimato (salvo bajo seudónimo); sin embargo, mientras no haya más miembr@s, no puedo convertirlo en “secreto”, ya que entonces las personas interesadas no tendrían modo de conocer su existencia.

Los manejos de una secta: Alcohólicos Anónimos manifiesta su lado más oscuro


Terminé mi entrada de hace tres semanas “Más sobre el proselitismo religioso de AA”, con un “(Mucho me temo que...) Continuará...” Y en efecto continuó... Continuó el proselitismo y yo continúo hablando de él, aunque espero poder rubricar próximamente el tema con la palabra “FIN” .

En realidad, a mi última entrada le faltaba un doble preámbulo que ahora me doy cuenta de que habría sido crucial:

1) La reunión que describí ahí venía precedida de mi segundo “casi” el día anterior, cuando había “contratado” un “padrino”... Hasta entonces había pensado vagamente en la necesidad de tener uno, pero mi amigo de fuera me había dicho que los padrinos o las madrinas se elegían para “trabajar los pasos”, algo que francamente nunca me interesó (independientemente de mi alergia al “Poder Superior” que casi todos invocan). Durante la (doble) Crisis de esa semana pensé, sin embargo, que me resultaría útil tener un apoyo más específico e “individualizado” que el que me proporcionaba el grupo y recurrí a esa persona en concreto porque: 1) Solía hacer comentarios muy “razonables” en las reuniones, sin mencionar nunca el “rollo” religioso (aunque imaginaba que, como casi tod@s, lo tenía); 2) Uno de sus “ahijados” decía también cosas muy “razonables” y a veces incluso cuestionaba algunos aspectos de AA (aunque ahora me doy cuenta de que nunca en presencia del Susodicho); 3) Iba a las reuniones casi diariamente, por lo cual me sería fácil quedar con él un rato antes si algún día sentía la necesidad; y 4) Aunque sólo fuera implícitamente, se había ofrecido a hacerlo.

2) El día anterior (el del “casi”) había ido a una reunión y había resultado ser una “reunión de trabajo”, en la que prácticamente sólo se habló del funcionamiento y la situación económica del grupo. Sin embargo, cerca del final, un tipo al que hasta entonces nunca había visto dijo que si cada vez asistía menos gente a las reuniones, era porque tod@s seguían estancad@s en su pasado alcohólico y se hablaba poco del “Poder Superior” (!!!). Repliqué instantáneamente: “Como novata, yo vengo aquí en busca de apoyo y refuerzo para mi recuperación. Lo que me ayuda es escuchar las experiencias de l@s demás y exponer las propias, no sólo como descargue, sino porque verbalizarlas me ayuda a reflexionar sobre ellas. Para misticismos hay muchos otros lugares a los que acudir; en cambio, éste es el único para l@s alcohólic@s, como su propio nombre indica”.

Volviendo a la reunión descrita en la anterior entrada: “el compañero, normalmente bastante ecuánime y respetuoso” que acusó agresivamente al ateo de “falta de respeto” fue precisamente El Padrino (no resisto la tentación de jugar con el apelativo del célebre mafioso), aun sabiendo por mis gestos y mis miradas que yo lo estaba aplaudiendo. Al llegar a casa, le escribí un largo Whatsapp diciéndole: “Tú hablaste de respeto, pero, ¿no crees que es una falta de respeto que gente como X. e Y. amenacen a l@s principiantes con que acabaremos bebiendo si no creemos lo mismo que ell@s?” Me dijo que me llamaba y le dije que no era necesario.

Dos días después, sin embargo, como seguía furiosa por esa reunión, lo llamé y tuvimos lo que entonces me pareció una conversación fructífera, aunque me saltaron un par de alarmas que preferí acallar: 1) Cuando volví a afirmar mi ateísmo, me dijo: “Z. también era como tú al principio”... Y Z., aunque no es de l@s fanátic@s más autoritari@s, habla a menudo, en forma absolutamente incoherente por cierto, de su “Poder Superior”. (¿Le habría lavado el cerebro él?); y 2) Me dijo que tal vez no fuera buena idea hablarles de mi proceso a mis amig@s, a lo que respondí que mis amig@s no eran simples “compañer@s de borrachera” y que estaba segura de que, si yo pidiera alcohol en su presencia, intentarían disuadirme de beber. (¿Estaría intentando alejarme de mis amig@s?)

Dos días después, asistí a mi primera reunión tras la “catequética”, con cierto temor a que fuera a desarrollarse como la anterior, cuando lo que yo necesitaba era hablar sobre las crisis que había tenido. De camino allí, paré en un supermercado y notaba cierta molestia física a la que no presté demasiada atención. La pre-reunión fue, como siempre, muy agradable, pero, al llegar al salón, estaba otro de los fanáticos vociferantes (que un día había intentado “venderme” el budismo como una religión “útil” para mí... como si las creencias o no-creencias fueran cuestión de elegir de un catálogo) leyendo algo sobre el “Poder Superior”, para terminar con un “AA respeta todas las creencias”, ante lo que no pude callarme (la reunión no había empezado aún): “Sí, se respetan todas las creencias, pero no las no-creencias”. Y ahí saltó El Padrino: “¿Cuándo no te has sentido respetada tú?” Respondí con evasivas y entonces empezó la reunión.

Yo intervine contando mis recientes crisis y mi conclusión respecto a mi círculo vicioso “ingobernabilidad → alcohol → más ingobernabilidad”, aunque no era propiamente el tema. El Padrino habló justo después; dijo vaguedades que no recuerdo y terminó su perorata con un agresivo comentario que iba evidentemente dirigido contra mí: “¿Acaso he hablado para algo del Poder Superior o de Dios? No, ¿verdad?”

El resto de la reunión fue bastante anodino y volví a casa con la molestia física agravada, que a lo largo de los dos días siguientes se agravó aún más. Era evidentemente un problema psicosomático de los que a menudo me aquejan y que hace muchos años descubrí que cumplen un “beneficio” retorcido. Dichos "beneficios" son muchos y variados, pero en este caso se trataba de uno de los clásicos: “Tener una excusa para no hacer algo”, y ese “algo” era no ir a las reuniones durante unos días. (Este problema físico en concreto no me impedía salir a ciertos lugares, pero sí a AA.)

Y desde entonces no he vuelto. 

Poco después me puse a investigar a AA a fondo. En español había encontrado muy poco, pero en el ámbito anglosajón hay una abundante bibliografía sobre su funcionamiento de secta y encontré también grupos de AA para ate@s/agnóstic@s/laic@s, incluido un grupo de Facebook al que me uní y que resultó ser un buen apoyo virtual.

Seguí analizando los “sucesos” de las últimas reuniones y, a partir de mis análisis y de las experiencias que leí en el grupo de FB, llegué a una conclusión aterradora: El Padrino se “me vendió” como alguien “razonable”, cuando en realidad sólo estaba al acecho para entrar a saco cuando me viera “vulnerable” (mi semana de crisis)... Y, al ver que pese a todo yo seguía con mi – lo que en AA llaman – “rebeldía”, decidió socavarme públicamente para vulnerabilizarme aún más. Si tal como dicta AA, el dejar las reuniones es el camino más corto hacia la recaída, es evidente que está esperando – deseando – que yo recaiga, para poder decirme: “Te lo advertí”... y tal vez entonces tener más éxito en su labor de lavado de cerebro. Es absolutamente retorcido y muy muy sucio... Me sentí como si hubiera sido víctima de un “intento de violación mental” y me costó mucho salir de “ahí” (en realidad, no estoy segura de haber salido todavía), de esa sensación de indefensión, de victimización y de rabia... a la que se sumaba la soledad de no tener ya con quien compartir mi proceso.

Y la(s) Crisis


Justo la mañana en que se cumplían dos meses desde mi último día de alcoholismo activo estuve a unos minutos de la recaída. “Minutos”, porque ya no tengo alcohol en casa y agenciarme una cerveza me obligaba a vestirme y salir... Aunque en realidad no era una cerveza lo que me apetecía, sino pasarme el resto del día bebiendo en el sofá como antaño.

Como dije en mi entrada anterior, esa sensación había surgido ya durante mi “jamacuco” psicosomático, e imagino que siguió flotando por alguna parte de mi cerebro alcohólico. Porque el detonante no pudo ser más trivial. Mientras trabajaba con calma en el proyecto de “voluntariado” que tenía atravesado, se me desconfiguró el wifi y en el servicio de atención al cliente de mi operadora no sabían cómo resolverlo. En algún momento me vi – mejor dicho, me oí – chillando improperios como había hecho tantas veces en el pasado (normalmente siempre en llamadas telefónicas de ese tipo) y decidí que en cuanto colgara me iría a beber.

Por suerte, una vez que se resolvió el problema de la conexión y de camino a arreglarme para salir, tuve el brillante impulso de llamar a la compañera de AA que me había acompañado el primer día. Le hablé del estrés de los últimos días, al que en gran medida me había abocado yo solita al querer abarcar demasiado, y también del otro motivo de ansiedad, al que había prestado poca atención, pero que obviamente había colonizado mi subconsciente: la cita burocrática del viernes siguiente (faltaban aún seis días) que ya tenía concertada. La conversación me tranquilizó lo suficiente como para olvidar mi impulso suicida y hacer tiempo estoicamente hasta la hora de ir a la reunión de AA, de la que regresé aliviada.

Sin embargo, a la mañana siguiente me desperté furiosa por la dichosa cita burocrática y decidí que no sólo había un modo de postergarla un par de meses (lo cual conseguí), sino que era imprescindible que lo hiciera; de lo contrario, acabaría bebiendo compulsivamente al salir. Es decir, ante este claro “detonante” sólo cabía la evitación. Aun así, seguía furiosa... Y de repente me asaltó una revelación que me conmocionó: fue a raíz de las numerosas y absurdas citas en ese organismo tres años antes cuando empecé a beber compulsivamente. Y eso reavivó como una llaga sangrante todo el resentimiento que ya tenía contra las personas involucradas, a quienes había acusado ya en su momento (en denuncias oficiales que no obtuvieron respuesta) de “destrozarme la vida”. A la vez, era consciente de que no debía quedarme estancada “ahí”, en ese rincón de rabia y autocompasión.

Por la noche fui una vez más a la reunión de AA (empezaba a coleccionarlas como cromos) y solté toda mi rabia (en un discurso sospecho que bastante incoherente), aunque yo misma puntualicé que ese organismo no era el único “culpable” de mi adicción; que si me dio por el alcohol y no, por ejemplo, por atiborrarme a helado, fue porque ya estaba predispuesta a ello. Me alivió descargarlo todo en ese entorno, pero lo que más me ayudó fue una imagen casual. Después de la reunión vi a un compañero en lo alto de la escalera y me dio vértigo (es una escalera que sólo puede describirse como “asesina”)... Y entonces pensé que, si yo me colocara ahí, no haría falta que me empujaran, que bastaría con un soplo de aire para despeñarme... Y que fue eso lo que ocurrió en aquella etapa: yo ya iba camino de “cruzar la línea” (creo que todavía no la había cruzado, aunque es imposible delimitarlo con certeza) y aquellas citas “traumáticas” no fueron más que ese “soplo”.

Sin embargo, la tranquilidad que sentí tras esta reunión duró poco. Dos días después acepté un proyecto de trabajo y, el subsiguiente, otro más para el mismo cliente. El hacer los dos dentro del plazo estipulado me obligaría a encerrarme durante cinco días, como había hecho tantas veces en el pasado. Estuve un día entero trabajando a presión, con taquicardia perpetua, y esa noche, repentinamente, me asaltó una sospecha (algo paranoica, confieso) con respecto a otro papeleo que llevaba unas semanas gestionando a distancia y con intermediarios. Tras una larga noche en la que me costó dormir, tomé tres decisiones: 1) Urdir un plan maquiavélico para aliviar dichas sospechas (que resultó exitoso); 2) Cancelar el segundo proyecto de trabajo, lo que no sólo me haría perder los ingresos de ese proyecto (que necesitaba urgentemente porque llevaba varios meses facturando muy poco), sino posiblemente también a ese cliente para siempre; y (ésta aparentemente más trivial) 3) Tirar todo el chocolate negro que tenía en casa, porque llevaba varios días comiendo cuadraditos uno a uno, o dos a dos, después de las comidas... del mismo modo compulsivo en que antes tomaba chupitos, y también con efectos adversos sobre mi sistema digestivo.

Y de repente tuve otra revelación conmocionante: antes, cuando bebía, habría podido asumir los dos proyectos e incluso habría agradecido la excusa para pasarme cinco días encerrada en casa sin hacer otra cosa que trabajar – beber – trabajar – beber (nunca simultáneamente). Me embargó una profunda desolación y, al borde del llanto, volví a pensar en emborracharme.

Esta vez llamé a otro compañero que me había dado su teléfono unos días antes y que había hecho comentarios útiles sobre mi crisis, además de aludir a la necesidad de agenciarme un “padrino”. De nuevo, me tranquilizó hablar sobre lo que me ocurría. Además de aceptar ser mi padrino, me dio algunos consejos prácticos, como tomar un vaso de agua con azúcar, porque la ansiedad tiene mucho que ver con la necesidad de glucosa que tiene nuestro cuerpo alcohólico. (No tomé el agua con azúcar, pero sí una galleta y desde entonces a media mañana siempre como algo dulce.) También me di cuenta, durante la conversación, de que, si bien había incurrido en una innecesaria, e injustificada, paranoia con el tema del “papeleo”, la resolví con un plan maquiavélico en lugar de soltándoles “vómitos” a las personas implicadas, como sí habría ocurrido unos meses antes, algo de lo que debía congratularme.

Seguí reflexionando y entendí por fin cuál había sido, fue y seguía siendo mi principal detonante: la falta de control.  Empecé a beber más de lo habitual hace siete años cuando, por cuestiones familiares, perdí todo control sobre mi vida. La bebida se volvió compulsiva hace tres, cuando la depresión que arrastraba desde entonces se vio agravada por el mencionado organismo burocrático. Y mis dos “casi” desde el inicio de mi proceso de recuperación los había provocado la falta de control, sobre burocracias, trabajo o tecnología.

Es decir: bebía para soportar la “ingobernabilidad” de mi vida, pero paradójicamente el alcohol la volvía aún más “ingobernable”, lo cual me llevaba a beber todavía más. Y ahora que había empezado a “gobernarla”, las pérdidas de control me llevaban a desear, malsanamente, la “ingobernabilidad” total . Un círculo vicioso – éste sí – de muy difícil solución.

Mes 2: De la “nube rosa” a la montaña rusa

El Mes 2 tuvo dos etapas diferenciadas: una, durante la cual me sentía flotando en una “nube de rosa” (fue precisamente por entonces cuando conocí esta expresión) y, otra, en la que empecé a sufrir pequeños desalientos, dudas y turbulencias.

La etapa de la “nube rosa” vino dada por la progresiva y casi total superación de mis problemas digestivos: por fin podía comer en cantidad suficiente - por suerte, porque empezaba a parecer una radiografía ambulante - sin “llenarme” y, además, estaba haciéndolo de manera infinitamente más sana que antes y con el placer que me reportaba el prepararme platos más elaborados, para lo cual seguí comprando artilugios de cocina y visitando supermercados. Curiosamente, no volví (ni he vuelto) a comer absolutamente nada de lo que comía antes, incluso lo (poco) que entonces disfrutaba, supongo que porque una parte de mí quiere borrar en la medida de lo posible todo lo relacionado con mi época de alcohólica activa.

A ello se sumó la cimentación de las recientes conquistas (relativa “serenidad”, lectura, escritura y salidas vespertinas) y el logro de otras nuevas.

Como mencioné en la entrada sobre la Semana 1, una de mis herramientas para evitar la tentación de beber fue no encender la tele. Al principio pensaba hacerlo sólo un par de semanas, pero pronto me di cuenta de que tenerla encendida prácticamente todo el día no sólo estaba asociado a mi consumo de alcohol, sino que de hecho había sido un paso previo: empecé viendo la tele para “matar el tiempo” (en los inicios de mi Depresión) y más tarde empecé a beber mientras la veía para crearme la (falaz) sensación de que estaba “haciendo algo”. Seguí, por tanto, con las series de Internet después del almuerzo y de la cena, pero había un vacío a la hora de comer, pues desde tiempo inmemorial comía siempre viendo el telediario y ahora no podía más que mirar a la pared y/o reflexionar. Hasta que un día decidí que podía llenar ese vacío leyendo la prensa, lo cual me permitiría, además, mantenerme informada sobre la actualidad. Y ha resultado una grata experiencia: de alguna manera he reemplazado la idea de “una buena comida con un buen vino” con la de “una buena comida con una buena lectura”.

Por otra parte, como comenté en la entrada “Día D+1”, yo pensaba que no le había hecho daño a nadie con mi alcoholismo, puesto que no tengo familia ni pareja. Pero pronto me lo replanteé. Cierto que no había causado el enorme daño que l@s alcohólic@s les suelen causar a p/madres, hij@s o parejas (hablo de primera mano porque mi padre era alcohólico), pero en la última época les había lanzado “vómitos” por correo o por Whatsapp a vari@s amig@s, normalmente en condiciones de rumia obsesiva y con bastante alcohol en el cuerpo. Ya durante la segunda semana de abstinencia le había pedido disculpas a una persona cercana, no para retomar la relación (me había hecho mucho daño), sino porque mis “vómitos” eran injustificados. Y ahora me disculpé con varias personas más, incluidas algunas de las que no me había distanciado. Una de ellas me contestó: “¡Qué proceso tan doloroso pero tan bonito el que estás viviendo!”

Y sin embargo... Cuando más feliz me sentía, me caí de la “nube rosa” y me monté en una “montaña rusa”. 

Primero fue mi segunda “crisis de fe” en AA, de la que hablé pormenorizadamente en la entrada “¿No apto para ateos y ateas?” 

Luego fue otra minicrisis muy distinta. Salí a comer con una amiga y, tras el almuerzo, propuso ir a otro sitio a “tomar algo”... que en mi caso era a “tomar nada”, porque para entonces sólo bebía agua (había eliminado la tónica porque contribuía a mis problemas digestivos) y ya había bebido suficiente con el almuerzo; además, el local se prestaba para una (deliciosa) copa de licor de hierbas. Durante el tiempo que estuvimos allí me sentí aburrida, amodorrada e impaciente por volver a casa, fumando un cigarro tras otro como sustituto del ejercicio de tomar lo-que-fuera. Y esta desazonante sensación se encadenó luego con otra más desazonante aún. Siempre me había parecido “aburrida” la gente que no bebía (aunque yo no me aburriese con ella) y me gustaba mi autoimagen de fumadora y bebedora (tengo infinidad de fotos con un cigarro y/o una copa de vino en la mano)... De repente me vi yo también como una persona aburrida y, rebobinando mis últimas salidas, se me ocurrió que también estaba más “apagada” que antes. No porque el alcohol me desinhibiese (desde mi temprana juventud nunca he sido tímida, con o sin alcohol de por medio), sino porque tenía la impresión de que la abstinencia me había robado cierta “chispa” de vitalidad en la que residía gran parte de mi “atractivo” como persona... y como mujer. Le comenté mi inquietud a una amiga y me dijo que en absoluto me veía “apagada”, sino, al contrario, más “modulada” y todavía sonriente o riente cuando correspondía. Concluí, pues, que mi desazón era una de las muchas distorsiones de la percepción que nos creamos l@s alcohólic@s y que, a su vez, nos sirven de pretexto para beber.

Pero las turbulencias no habían terminado. Una semana después, a punto de cumplir mi segundo mes de abstinencia, empecé a tener muchísima ansiedad. Y me di cuenta de que estaba exigiéndome demasiado. Quería, como leí en un extracto de la literatura de AA, hacerlo todo “antes del sábado que viene”: leerlo todo, escribirlo todo, (aprender a) cocinarlo todo, comprarlo todo... Me había ofrecido como voluntaria para un proyecto (no remunerado) relacionado con mi profesión e ideé otros dos proyectos propios, uno relativamente sencillo y otro supercomplicado... Cuando le hablé de mi ansiedad y de mis proyectos a mi amigo “ex”-alcohólico de fuera, me dijo que quienes somos hiperactiv@s corremos el riesgo de sustituir la compulsión del alcohol por la de la actividad constante. Y, en efecto, yo siempre había sido hiperactiva... hasta que la Depresión me llevó al otro extremo, el de la hipoactividad total, y ahora estaba cayendo de nuevo en el primer extremo.

Decidí, pues, que tenía que “parar”: pospuse el incipiente proyecto “sencillo” para mayo y deseché el complicado. Pero era demasiado tarde. Uno de los proyectos de “voluntariado” me estaba resultando muy difícil y quería quitármelo de encima YA, no sólo porque me frustraba y estresaba no estar cumpliendo con el “compromiso” que yo misma me había creado, sino porque, además, me recordaba a un proyecto del pasado que me había generado una profunda sensación de fracaso. A ello se sumó un contratiempo burocrático (también con reminiscencias de mi pasado oscuro) y la mezcla desembocó en mi primer “jamacuco psicosomático” desde que dejara de beber. 

Pasé dos días físicamente fatal y sin poder hacer nada más que ver series... y rememoré con algo así como “nostalgia” la época en la que casi todos mis días consistían en estar tirada en el sofá sin responsabilidades ni obligaciones, un comportamiento que el alcohol me permitía (inconscientemente) justificar (no me dejaba energía para nada más) y a la vez, en un círculo vicioso infernal, potenciaba.

Al tercer día me levanté recuperada y me puse, más tranquila, con el proyecto “pesado”... hasta que un contratiempo en apariencia banal (la desconfiguración de la conexión a Internet) provocó mi primera Crisis de Abstinencia seria. 



Más sobre el proselitismo religioso de Alcohólicos Anónimos y sus ataques contra ateos y ateas


Hace unas semanas colgué una entrada sobre mis dificultades para gestionar la insistencia de AA en el “Poder Superior” y la solución a dichas dificultades que me había ofrecido un compañero. Desde entonces descubrí que en mi grupo hay otro ateo, el cual lleva más de cinco años sin beber, y eso también me tranquilizó: ni va a ser imposible mantenerme sobria sin renunciar a mi ateísmo, ni la sobriedad (si llego a alcanzarla) me va a volver forzosamente creyente.

Hasta ayer... Cuando de nuevo tuve que chuparme una reunión de pura catequesis y que no casualmente fue la primera en la que volví a coincidir con el tipo (a éste no lo puedo describir como “compañero”, porque su compañerismo brilla por su ausencia) al que llamo El Fanático Religioso.

Al principio de la reunión el moderador pasó extractos de la literatura de AA, que, como siempre, estaban plagados de referencias a Dios y el “Poder Superior”, pero también mencionaban cuestiones relevantes sobre el alcoholismo: la “obstinación”, el “egoísmo” (en su doble vertiente de “egocentrismo” y “autoconmiseración”) y el riesgo de querer alcanzar la sobriedad demasiado pronto (“antes del sábado que viene”), aspectos todos ellos que yo podría haber elaborado para entender las turbulencias en que las que llevo sumida desde hace casi dos semanas (y de las que todavía no he hablado en este blog).

Pero no... El primero en pedir la palabra fue El Fanático Religioso. Tal como había decidido la última vez que me “amenazó” personalmente, me levanté y me fui a fumar a la cocina, desde donde no podía oír más que las palabras “el Poder Superior” (como todo iluminado, alza la voz cada vez que menciona su obsesión).

Volví al salón cuando el turno de palabra pasó a otro compañero, precisamente el único otro ateo del grupo. Su intervención puso el dedo sobre varias llagas: Si para alcanzar la sobriedad basta con un “Poder Superior”, ¿entonces por qué acudimos al grupo? Y si es el grupo lo que nos ayuda, ¿por qué tanta insistencia en el “Poder Superior”? Dijo también que es por esa insistencia por lo que muchas personas consideran a AA como una secta y mencionó las “amenazas” que él había recibido al principio y que sin embargo no se hicieron realidad: cinco años después, no ha vuelto a beber y sigue siendo no creyente. Despedazó, con un tono sarcástico que yo no me habría atrevido a utilizar (al fin y al cabo soy “la nueva”) pero que agradecí y aplaudí mentalmente, uno de los extractos de la lectura, mientras El Fanático Religioso (y algun@s otr@s) exhibía una sonrisita burlona y autosuficiente... Finalmente el moderador lo cortó. Cierto que se estaba extendiendo demasiado, pero también lo hizo El Fanático Religioso (su intervención duró el tiempo que me lleva fumarme un cigarro entero, es decir, unos diez minutos) y muchas veces lo han hecho otr@s (incluida yo) hablando de otros temas, y a nadie se había silenciado nunca... hasta ayer.

Lo demás, como ya dije, pura catequesis... Un compañero, normalmente bastante ecuánime y respetuoso, reprendió al compañero ateo por su “falta de respeto” (y yo me pregunto: ¿no es también una falta de respeto atacar al (casi) único disidente?). Otros hablaron de su “curación” gracias al “Poder Superior”. Yo había pedido turno de palabra durante la intervención del compañero ateo, pero no me llegaba la vez. Y cuando la enésima persona no sólo habló de su “despertar espiritual”, sino que repitió la “amenaza” del Fanático – “Es imposible dejar de beber si no tienes fe” –, me levanté y me fui, indignada y también frustrada porque en setenta (70) minutos no se había hablado para nada del tema que se supone que nos une: el alcoholismo y cómo superarlo.

Intenté no “rumiar” como las otras veces, de las que ya di cuenta en este blog. Me dije que, al fin y al cabo, había salido de casa con mucha ansiedad y el sólo hecho de ir hasta el centro de reunión y la media hora de charla durante la pre-reunión la habían mitigado. Pero no bastó. La rabia seguía ahí, y sustituir la ansiedad por la rabia no me ayuda para nada en mi recuperación. Y decidí que la próxima vez que aparezca el Susodicho Fanático no me bastará con abandonar el salón durante su intervención, sino que tendré que irme directamente a casa.

Lo más triste es que, a lo largo de las cuatro semanas en las que (afortunadamente) no coincidí con él, había llegado a conclusiones tranquilizadoras respecto al tema “religioso”:

1) No todo el mundo sigue el “programa” de AA a rajatabla: aparte de descubrir que no soy la única atea del grupo, otro compañero criticó un día el desprecio de much@s miembr@s por la medicina y la psicoterapia, y habló de sus “tres [y no doce] pasos”, el primero, que coincide con el de AA, y otros dos de su propia cosecha que no mencionaban a ningún dios, y concluí que, si bien ésos en concreto no me resultaban útiles, en el futuro yo también podría acabar diseñando los míos.

2) Un día caí en la cuenta, con enorme sorpresa, de que en las conversaciones de las pre-reuniones nadie, absolutamente nadie, habla de un dios o “Poder Superior”, aunque el alcoholismo, sin ser el único tema, es uno de los más recurrentes. Concluí que de alguna manera, cuando entran en “modo reunión”, much@s se sienten (inconscientemente) obligad@s a mencionarlo.

3) Concluí también que el hecho de que tant@s compañer@s digan que cuando entraron a AA no eran creyentes pero al cabo de equis meses o años descubrieron su “Poder Superior” podía ser algo muy distinto a una creencia propiamente religiosa: por ejemplo, el momento en que por primera vez se sintieron fuertes en su lucha contra el alcohol y con la “serenidad” de la que habla la “frase de la ídem”, y que, a causa del “lavado de cerebro” al que han estado sometid@s, identifican con un “despertar espiritual”.

Pero ahora esa tranquilidad se ha vuelto a tambalear. Yo hago el esfuerzo de ir a las reuniones (últimamente estaba yendo con mucha más frecuencia, a veces en lugar de otras actividades de tipo cultural o social que me interesan y a las que ahora ya me siento con fuerzas para asistir) porque necesito apoyo y refuerzo para mi recuperación: escuchar las experiencias – no “místicas”, sino terrenales – de l@s demás y contar las mías, no sólo para “descargar” (que también), sino porque el verbalizarlas en público me ayuda a reflexionar sobre ellas. Y cuando toda la reunión gira en torno a la religión, es una pérdida total y absoluta de tiempo.

Y no lo digo sólo por mi rechazo a todo lo religioso/“espiritual”: tampoco me resultaría útil una reunión en la que se hablara exclusivamente de por qué no se debe votar al PP (aunque ello fuera acorde con mi ideología política) o de la importancia de la lucha feminista (ídem). Porque estas cuestiones se pueden abordar en otros lugares, mientras que, como su nombre indica, Alcohólicos Anónimos es la única organización presuntamente dedicada al tema del alcoholismo. En días como ayer, muy, pero que muy presuntamente. Al fin y al cabo, se presupone que l@s compañer@s recuperad@s tienen el “deber” de animarnos a quienes empezamos el proceso, y no amenazarnos, lo cual me parece una grave violación de la (presunta) misión de AA.

(Mucho me temo que...) Continuará...

Semana 4: Rumias, miedo... y un inmenso alivio

La semana 4 estuvo marcada por dos sentimientos independientes uno de otro. Por un lado, la irritación con AA provocada por la última reunión, que me llevó a “rumiar y rumiar” como no lo había hecho desde que dejara de beber (el “rumiar” preocupaciones y resentimientos durante días enteros, a menudo hablando sola en voz alta, era uno de los efectos colaterales de mi alcoholismo, que indefectiblemente, a partir de cierto nivel de consumo, me llevaba a lanzar “vómitos” por teléfono o por Whatsapp). Y, por el otro, la enorme angustia por el tema médico: el engorro de las diversas visitas que tendría que hacer y el pánico a enfrentarme con un diagnóstico “grave”, relacionado o no con el alcohol, precisamente ahora que en gran medida había recuperado las ganas de vivir.

Pese a ello – o quizás precisamente por ello – decidí que debía volcar la experiencia (toda, la buena y la mala) de mi proceso de recuperación por escrito. En principio en un blog (éste que estás leyendo, aunque básicamente está destinado a mí misma) y en el futuro tal vez de otra manera más literaria. Me puse a ello y le dediqué bastante tiempo a lo largo de la semana, con lo cual recuperé también otro antiguo placer arrinconado: la escritura.

Y esa semana hubo aun otra pequeña conquista: volver a cocinar por primera vez en veinte años. Hasta unos tres años atrás, sencillamente no tenía tiempo a hacerlo debido a mis horarios laborales y al exceso de trabajo, pero desde entonces mi dinámica laboral había cambiado y habría podido dedicar la hora (mínimo) que dedicaba a beber cerveza antes de almuerzo a prepararme un ídem decente. Ahora se trataba de una cuestión de supervivencia: tenía que comer “sano” para intentar resolver mis problemas digestivos. El resultado de mis esfuerzos no era especialmente gratificante, ya que seguía sin poder “tragar” la comida, pero empecé a ilusionarme con la perspectiva de que, cuando lograse (si lo lograba) superar dichos problemas, empezaría a prepararme comidas apetecibles y algo más elaboradas, recuperando así otro antiguo placer arrinconado (mucho antes de arrinconar el de la escritura). Hice una gran compra de artilugios básicos de cocina y seguí explorando supermercados en busca alimentos nuevos.

El jueves recogí los resultados de la analítica y descubrí, con un inmenso alivio, que los únicos marcadores que estaban fuera de los límites normales eran el hierro sérico y el índice de saturación del mismo. Es decir, tenía una anemia ferropénica – por primera vez en mi vida, pese a haber sido siempre extremadamente delgada –, pero no parecía haber otros trastornos. Al día siguiente lo confirmé en una conversación telefónica con el médico: salvo eso, todo estaba dentro de la normalidad y por tanto no necesitaría medicación para “desintoxicarme”; sólo comprimidos de hierro durante un mes y cuidar mi alimentación. Aun así, toda esa experiencia me hizo confrontar sin ambages el enorme daño que el alcohol había causado a mi cuerpo... y no sólo a mi mente, como pensaba en los días previos al abandono de la bebida.

El fin de semana asistí a otra reunión de AA, con muchas prevenciones por si se repetían comentarios/“amenazas” como los de la anterior. Pero fue una reunión “normal y corriente” y, gracias a ello, acabé esa cuarta semana (el casi-primer-mes) de abstinencia con sensación de alivio y – lo más importante – de esperanza.